Secarral sin agua a 90.000 euros: la inversión que nadie quiere
¿Cuánto pagaría por media hectárea de secano en Alicante, sin posibilidad de construir, sin acometida de agua ni electricidad, y ni siquiera vallada? 75.000 euros, según un anuncio que circuló en Idealista. La sorpresa llegó cuando, al no encontrar comprador, la propietaria incrementó el precio hasta los 90.000 euros. La etiqueta “inversión segura” del anuncio original no encajaba con la realidad del terreno rústico: 5.000 metros cuadrados de monte bajo sin servicios.
El abismo entre el precio de salida y el valor de mercado
Los números cantan. Un terreno rústico similar, sin urbanizar y sin agua, tiene un valor de mercado que ronda los 3.000 euros, según estimaciones de expertos del sector. La diferencia es abismal: la propietaria pide 30 veces más. La explicación más generosa es el efecto dotación —sobrevalorar lo que se posee—, pero la realidad del mercado inmobiliario es tozuda. Mientras, en las subastas públicas del Estado y la Seguridad Social se pueden encontrar parcelas de 3.000 metros cuadrados por apenas 1.000 euros. Un ejemplo documentado: un comprador adquirió una finca de ese tamaño por ese precio en un concurso a sobre cerrado con apenas tres licitadores.
¿Qué se puede hacer con un terreno así?
Las opciones son limitadas. Al ser inferior a 10.000 metros cuadrados, la normativa urbanística impide cualquier edificación, incluso viviendas de uso agrícola. Solo cabe destinarlo a cultivo de secano —con el coste añadido de llevar agua en camión cisterna— o pasto para cabras. La rentabilidad es nula. Como alternativa, por 10.000 euros más se pueden adquirir cotos de caza en Teruel con 21 hectáreas, fuente incluida y posibilidad de edificar 100 metros cuadrados.
Con estos datos, la pregunta es inevitable: ¿por qué subir el precio de algo que no se vende? Quizá la estrategia sea de mercachifle: inflar para luego aplicar un descuento aparente. O tal vez sea simplemente la desconexión entre lo que una propiedad vale y lo que su dueño cree que vale. El mercado, por ahora, responde con silencio. Y mientras, el secarral sigue esperando a quien quiera pagar 90.000 euros por un puñado de cabras.