Canarias: del «tourist go home» al «os pagamos el sueldo»
El turismo canario no da para vivir: da para sobrevivir, y con la humillación incluida en el precio. La mecha fue una serie de pintadas junto a los complejos turísticos de Tenerife con un mensaje tan simple como incómodo,
Tourist go home, que la prensa británica ha traducido a una etiqueta: turismofobia. La réplica desde el otro lado se resumió en una frase que vale por todo un modelo:
que os den, nosotros pagamos vuestros sueldos. El eco de ese intercambio ha reabierto la pregunta que las islas llevan décadas esquivando: ¿de qué vive Canarias cuando el turista se va?
Pintadas antiturismo en Tenerife y la respuesta de los visitantes británicos
El conflicto sigue activo. Las pintadas aparecieron cerca de los complejos turísticos de Tenerife y la prensa británica se desplazó para averiguar qué estaba pasando con el turismo en la Isla. El diagnóstico que devolvió fue unánime en el tono,
turismofobia, y la contestación de los visitantes funciona como eslogan involuntario: el cliente sabe cuánto pesa, el residente empieza a sospechar que pesa menos de lo que le contaron.
No es un fenómeno nuevo. En Mallorca se recuerda un episodio parecido años atrás, cuando, según uno de los participantes en el debate, quienes lo impulsaron terminaron cediendo porque, directa o indirectamente, todo el mundo vive del sector. La memoria larga de las islas también guarda un episodio con británicos y final poco lucido para ellos: en
1797 la Royal Navy fue derrotada en Santa Cruz de Tenerife y Nelson perdió un brazo en el intento. Hay quien bromea con levantar un monumento al miembro amputado.
¿De qué vive Canarias si desaparece el turismo?
De muy poco, y ese es justo el argumento que desarma a quien pide cerrar la persiana. La agricultura de exportación vive de la subvención —el plátano aguanta, el aguacate se ha hundido— y está en manos de un puñado de propietarios asentados hace décadas que apenas contratan. Si se quita el turismo, hay quien dibuja el escenario de una región de funcionarios, pensionistas y deuda pública, comparable a lo que hoy son Asturias o Extremadura.
Frente a eso, la respuesta más repetida es también la más incómoda:
mucha gente no vive del turismo, malvive. La dependencia no se reparte por igual, y en las zonas turísticas hay quien sostiene que los propios locales prefieren clientela extranjera antes que vecinos de la misma isla de juerga.
El 40% del empleo y un negocio que deja migajas
La dependencia se cuantifica en torno a un
40% del empleo en la discusión sobre el sector, una cifra que nadie desglosa pero que explica el pánico a cualquier caída de llegadas. Y sobre la mesa está el reparto, según sostiene uno de los intervinientes: la mayoría de los hoteles pertenece a grupos extranjeros, los turistas pagan en Inglaterra o Múnich, vuelan en compañías alemanas o británicas, se alojan en cadenas internacionales, cenan en el hotel y se marchan. En la isla queda poco más que el sueldo del camarero.
El cálculo más crítico sostiene que el turismo masivo aporta escaso valor añadido y, en cambio, genera externalidades que se comen el beneficio: colapso de infraestructuras, presión sobre la sanidad, deterioro ambiental y una factura pública que no aparece en ninguna cuenta de resultados. La tesis contraria es simple: sin esa actividad no hay nada, y quien la critique debería explicar antes cómo se paga la nómina del mes.
La vivienda, el frente que une a casi todos
Aquí el consenso es mayor: el alquiler vacacional y la compra por parte de extranjeros tensionan un parque de vivienda que no crece. La exigencia que más se repite es la de prohibir la vivienda turística o gravar con dureza la compra por no residentes, como, se argumenta, hacen otros países. El contraargumento llega desde dentro del propio archipiélago: en
La Palma, con apenas turismo, también falta vivienda asequible porque casi el
89% del territorio está protegido y no se puede construir donde la gente quiere vivir.
Trabajar doce horas por 1.500 euros y recibir un «que te jodan» como propina es la estampa que resume el hartazgo. Y debajo late una sospecha más incómoda que la turismofobia: que la protesta no busca menos turismo, sino expulsar al barato para que entre el de alto standing, con el consiguiente ensanchamiento de la brecha social.
¿Es un problema convertirse en un parque temático?
No necesariamente, responden desde la otra orilla. Bahamas, Mónaco o Mykonos son parques temáticos y viven como reyes; la gente se mata por ir de vacaciones a Disneylandia. Mejor eso, dice esta corriente, que ser una fábrica. El problema no sería el modelo turístico sino su ineficiencia: la isla está destrozada y ya no atrae al visitante de alto poder adquisitivo, que se va a sitios más bonitos.
La objeción es que el paraíso tiene horario de oficina. Se cita el caso de la costa de Amalfi y Capri, depauperadas hasta que llegó el dinero, y el de Grecia, donde los chiringuitos baratos de playa han ido desapareciendo en pocos años. Con esos mimbres, hay quien augura que esos chiringuitos baratos desaparecerán también en España en pocos años, como ya ha ocurrido en Grecia.