Incendios forestales: el coste de no prevenir es mayor del que se admite
Cada verano, las imágenes de hectáreas quemadas se repiten. Pero tras el humo emerge un debate incómodo: ¿es más barato dejar arder que invertir en prevención? La discusión, lejos de la retórica oficial, apunta a que los números no cuadran. En círculos escépticos se sostiene que la extinción tardía y la falta de medios responden a un cálculo económico perverso: dejar que el fuego arrase sale, aparentemente, más barato que mantener el monte limpio y equipado.
El coste de la inacción
Hay quien argumenta que los incendios provocados son mayoría, y que sin cambios legales no habrá solución. Otros señalan que existe una técnica revolucionaria para apagar fuegos, pero que su uso se boicotea porque el producto es español y no deja comisiones a intermediarios. La referencia a una empresa farmacéutica alemana como posible compradora añade una capa de presunta conspiración industrial. Lo que parece claro es que la confianza en las administraciones es mínima: se acusa a gobiernos y comunidades autónomas de priorizar la comisión política sobre la eficacia.
Tecnología y voluntad política
En el debate se defiende que si existiera un invento eficaz para apagar incendios, las autoridades deberían adquirirlo y ponerlo a disposición de los bomberos. Sin embargo, se extiende la sospecha de que hay órdenes de no actuar con contundencia. Esta percepción de abandono institucional alimenta un discurso de fatalismo que va más allá de los incendios: se habla de una ciudadanía alienada y de una clase política que ha traicionado las expectativas depositadas en Europa.
El desencanto se convierte en la nota dominante. Se compara la sociedad con un rebaño sin pastor, y se augura que una tierra de borregos acaba generando lobos feroces. La reflexión final, poco optimista, deja al lector con la sensación de que el problema de los incendios es solo un síntoma de una enfermedad más profunda.
Mientras tanto, el monte sigue ardiendo. Y el cálculo económico que algunos defienden —dejar quemar para ahorrar— tiene una contrapartida que ningún informe oficial explica: el coste ecológico a largo plazo, que nadie pone en la balanza.