El imperio del torrefacto: por qué tomar café en España es una ruleta rusa de sabor a quemado
El café en España es, salvo contadas excepciones, un brebaje carbonizado que los españoles beben por inercia. Entre el torrefacto –café tostado con azúcar que enmascara granos de baja calidad– y las prisas de una hostelería que recicla la misma carga para varios cafés, el resultado es un líquido amargo que obliga a muchos a buscar alternativas.
Algunos han optado por la solución drástica: hacerse el café en casa. Con máquinas que van de los 200 a los 600 euros –como la Delonghi Rivelia que un consumidor adquirió recientemente– y granos arábica de 15-17€/kg, el café casero supera con creces al de cualquier bar Paco. Y eso que el café de especialidad es todavía una rareza: en Madrid ha mejorado con el cierre de bares tradicionales, según algunos, pero el precio del café solo en locales de calidad roza los 2,50€.
Mientras tanto, Starbucks –criticado como multinacional depredadora– se convierte en el mal menor para quienes huyen del torrefacto. Irónico: la cadena americana, que tampoco es un prodigio, da mil vueltas al café de barra español. Y si cruzas la frontera, el café portugués o francés deja en evidencia el drama patrio. La conclusión: o inviertes en una máquina o te resignas al cáncer líquido que llaman café.
El debate sobre el café en España no es solo una cuestión de gusto: es un síntoma de cómo la hostelería ha priorizado el margen sobre el producto. Y mientras, el café de sobre se sigue sirviendo con orgullo.