El bulo nuclear que nunca llegó: 1.326 días de falsas profecías
Hay una fecha que se repite en los mentideros de la geopolítica casera: el domingo de la semana que viene. Ese día, según una corriente de opinión que lleva años reciclándose, Ucrania detonaría una bomba sucia en su propio territorio para arrastrar a la OTAN a la guerra, Rusia lanzaría una ofensiva imparable con 1.800 tanques y 400 aviones, y Europa continental se apagaría como un fluorescente fundido. El problema, 1.326 días después, es que el fluorescente sigue encendido.
El origen del último episodio de esta saga está en un informe atribuido a
Foreign Policy que cifraba el arsenal ruso listo para el asalto:
1.800 tanques, 3.950 vehículos blindados, 2.700 sistemas de artillería, 810 cañones autopropulsados de la era soviética, 400 aviones de combate y 300 helicópteros. Con esas cifras sobre la mesa, la conclusión que se impuso en ciertos círculos fue que Kiev no tenía forma humana de parar aquello, así que recurriría al único botón que le quedaba: una falsa bandera nuclear. El candidato a proveer el material, según esa misma línea, era Francia, por el tono beligerante de Macron. Hasta se apuntó que la cara de Stöltenberg en una comparecencia delataba que sabía lo que venía.
Qué se dijo del cargamento radiactivo en Odesa
La pieza que parecía dar cuerpo al relato llegó después: la supuesta entrega de un cargamento radiactivo en un puerto de la región de Odesa, con escáneres apagados y personal enfermo tras el contacto, y un envío similar registrado el 19 de febrero. El material señalado era
californio-252, un isótopo que se obtiene en reactores y que tiene aplicaciones industriales y médicas, no solo militares. La fuente citada era un canal ucraniano. Ni un organismo internacional, ni un informe técnico independiente, ni una autoridad portuaria confirmaron nada de aquello.
El californio-252 existe, es real y se transporta habitualmente bajo protocolos estrictos. Eso no convierte en creíble cualquier envío que alguien diga haber visto en un muelle. La cadena lógica —cargamento radiactivo, escáneres apagados, operarios enfermos, bomba sucia inminente— se sostiene sobre eslabones que nadie ha verificado. Y así lleva desde el principio.
Por qué la disuasión nuclear hace innecesaria la falsa bandera
El argumento más sólido contra toda esta construcción es también el más simple: si la OTAN no ha entrado directamente en el conflicto, no es por falta de excusas, sino porque Rusia es una potencia nuclear. Una falsa bandera no cambia esa ecuación. Si la Alianza pudiera intervenir sin riesgo de escalada atómica, ya lo habría hecho; y si no puede, ningún artefacto detonado en suelo ucraniano va a alterar el cálculo. La opinión pública mundial, además, no se mueve en bloque ante una acusación sin pruebas.
Hay quien sostiene que el verdadero objetivo de una operación así no sería convencer al mundo, sino a las opiniones públicas occidentales lo bastante crédulas como para exigir una respuesta. En contra pesa el hecho de que ni Francia ni Alemania tienen incentivo alguno para entregar material radiactivo a un tercero en guerra, y que el Reino Unido, fuera de la UE, sería un candidato más verosímil para según qué maniobras. Todo eso, claro, en el terreno de la especulación.
El discurso del 21 de febrero y la raspútitsa
La cuenta atrás tenía hitos. Uno de los señalados fue el discurso de Putin ante la nación previsto para el
21 de febrero, aniversario del discurso de 2022 en el que reconoció la independencia de las autoproclamadas repúblicas de Donetsk y Lugansk, antesala del anuncio del 24 de febrero. La expectativa era que ese día se pasara de «operación militar especial» a guerra total. Otro hito era la
raspútitsa, el barrizal primaveral que frena cualquier ofensiva mecanizada hasta mayo.
Mientras tanto, los indicios que se exhibían como prueba de inminencia eran vuelos de aviones de reconocimiento y mando sobre Polonia y Estados Unidos: aparatos de alerta temprana, de intercepción de comunicaciones y de patrulla marítima, más los aviones de comunicaciones nucleares de la flota aérea estadounidense. Que esos aviones vuelen no significa que vaya a pasar nada; significa que alguien está haciendo su trabajo. La correlación entre un avión en el aire y una hecatombe inminente es, como poco, discutible.
La estrategia de los ataques masivos y el desenlace pendiente
La última vuelta de tuerca del relato apuntaba a una ofensiva ucraniana de oleadas masivas contra las líneas rusas en Donbás y Zaporiyia, con batallones enteros estrellados contra las defensas, y a una detonación de falsa bandera en ese mismo escenario para culpar a Moscú de haber usado un arma táctica. Es decir: la misma profecía, con el decorado cambiado.
El desenlace, a la fecha de esta discusión, seguía sin llegar. Ni bomba sucia, ni ataque nuclear, ni fin de la Europa continental. Lo que sí llegó fue la constatación de que las profecías apocalípticas tienen una ventaja formidable: si no se cumplen, siempre se puede decir que fue porque alguien avisó y se evitó. El domingo del fin del mundo lleva 1.326 días aplazándose. Y lo que descoloca no es que nadie acierte, sino la facilidad con la que se olvida cada fallo para anunciar el siguiente.