Trilero, gancho y primo: el modelo de negocio de los gurús de la disidencia
En un timo de tres cartas alguien mueve los naipes, alguien construye confianza y alguien paga la cuenta. Según el símil que plantea un participante, el negocio de la llamada
disidencia controlada funciona igual: un trilero vende el producto milagro —Donald Trump, Elon Musk o Pedro Baños—, un gancho prepara a la víctima para que trague y el primo queda retratado al final. La acusación de credulidad cae con la misma fuerza sobre quien sigue a los gurús de la derecha mediática que sobre quien vota al PSOE. No hay tregua posible.
No es un análisis nacido en un despacho. Es una pelea cultural librada en tiempo real, donde cada bando acusa al otro de vivir engañado y ninguno reconoce su propio papel.
El timo de las tres cartas aplicado al mercado mediático
El símil se sostiene sobre tres papeles bien repartidos. El trilero es quien vende el crecepelo mágico: ahí entran Trump, Musk o Baños. El gancho, cuya misión es
hacer confiar a la víctima, sería Iker Jiménez o Alvise Pérez. Y el primo, quien acaba retratado, apunta a Pedro Sánchez o a Joe Biden. El reparto no es casual: mezcla adversarios políticos incompatibles bajo una misma etiqueta de ingenuidad.
La clave del negocio, según esta tesis, es que
ningún trilero gana público solo con mentiras: primero regala el oído, después coloca el truco. Ese método explica por qué un mismo comunicador puede alternar denuncias incómodas con materiales difíciles de sostener. El guion no necesita ser cierto entero; basta con que resulte verosímil el tiempo justo para captar al cliente.
Lejía, dióxido de cloro y el agua que sale del grifo
Aquí el intercambio se vuelve química de manual. Una parte sostiene que al agua de consumo doméstico se le añade
hipoclorito de sodio —lejía diluida— y que son los ayuntamientos quienes lo emplean de forma mayoritaria. Otra responde que eso es falso y que la potabilización se hace con dióxido de cloro, conocido como CDS.
La discusión deriva en tecnicismos sobre plantas potabilizadoras (ETAP) y depuradoras (EDAR), con referencias a normativa oficial y a la experiencia profesional de quienes han trabajado en el sector. Nadie cede un milímetro. Lo revelador es que la frontera entre un desinfectante regulado y un supuesto remedio casero es justo lo que se difumina cuando el asunto salta a las redes.
Ninguna de las dos versiones sobre el agua queda verificada aquí, y menos aún su valor terapéutico.
¿Qué es la disidencia controlada?
Es la etiqueta que se cuelga a quien denuncia unos hechos ciertos pero los mezcla con otros imposibles de contrastar. El patrón se repite: se reconocen verdades incómodas y, acto seguido, se sitúa al mismo personaje junto a marcianos, criptozoología o chemtrails. Ese cóctel, sostiene una corriente, es lo que delata al mensajero y sirve para desacreditar el conjunto.
En esa lista entran Pedro Baños, al que se sitúa en el CNI y en la masonería, y buena parte de sus colaboradores. Son
sospechas repetidas, no hechos probados. Lo llamativo es que la desconfianza ya no perdona a nadie: quien se cree libre resulta igual de dócil que quien sigue la versión oficial.
Por qué el negocio funciona en los dos bandos
El argumento más incómodo es el que iguala a los dos espectros ideológicos. Según este relato, la población está tan acostumbrada a que le pastoreen que un
92% de vacunados se lee como prueba de docilidad, no como cobertura sanitaria. Y en el extremo opuesto, quien cree en terraplanistas o en plagas coordinadas tampoco sale mejor parado.
De ahí el salto de paradigma que algunos describen: cuando uno deja de creer en un bando y en el contrario, se queda sin interlocutor. No hay diálogo posible ni con los unos ni con los otros, solo con quien comparte la sospecha.
De la DANA a la victoria de Trump: los giros del relato
El asunto muta con la actualidad. Primero fueron las farolas portátiles que Iker Jiménez colocó y que, según una acusación difundida, Cruz Roja se habría llevado. Más tarde, la victoria electoral de Trump y el protagonismo de Musk se leyeron con ironía como el regreso de los salvadores de la humanidad.
Cada giro añade leña. Los mismos que ayer dudaban de un laboratorio en Wuhan, según este relato, hoy aplauden a los nuevos redentores tecnológicos. Cambian los nombres. El guion apenas se toca.
Con estas mimbres, lo descolocante no es que existan trilero, gancho y primo. Es que, entre quienes presumen de pensamiento crítico, casi nadie asume el papel menos lucido: el de la víctima que paga.