Iker Jiménez corta su directo en Ferraz por falta de señal
La escena tiene su gracia. Un tipo que lleva dos décadas hablando de fenómenos que nadie puede demostrar se planta en la Gran Vía madrileña con el móvil en alto y descubre, en riguroso directo, que él tampoco tiene cobertura.
Iker Jiménez intentó emitir desde la concentración contra la amnistía y el directo se le cayó. La explicación que se atribuye al propio periodista, según se recoge en la conversación: hay inhibidores de frecuencia. La explicación alternativa, la que sostienen otros: simple saturación del espectro. Miles de terminales tirando de la misma antena a la misma hora en la misma plaza.
El episodio resume bastante bien el tono de una jornada en la que la protesta callejera y la guerra de relatos se dieron la mano. Porque el problema no fue la señal. Fue que
cada cual eligió la explicación que le venía mejor al marco.
¿Por qué se cayó el directo de Iker Jiménez en Ferraz?
La versión que más circuló fue la de los inhibidores. Se atribuye a
Carmen Porter, colaboradora del programa, que habría trasladado el dato a partir de contactos policiales. Es decir: fuente de segunda mano, sin documentación pública, y con un interés evidente en que la hipótesis del sabotaje institucional se sostenga sola.
Frente a eso, la lectura técnica: cuando decenas de miles de personas se concentran en un radio de pocos cientos de metros, las celdas se saturan. No hace falta ningún artefacto.
Basta con que todo el mundo quiera retransmitir a la vez.
Un detalle que apunta en esa dirección lo aporta un participante que asegura haber comprobado que durante la jornada tampoco funcionaban las cámaras web públicas de la zona, incluida la de tráfico de Gran Vía, que emite imágenes cada pocos minutos. Si el fallo afecta también a infraestructura ajena a los móviles de los manifestantes, la hipótesis del inhibidor pierde fuerza. O la gana, según quién lo cuente.
El periodista que no sabía qué era la Agenda 2030
Hay un momento que varios participantes destacan por encima del resto. Jiménez habría confesado en directo que desconocía qué es la Agenda 2030 y, minutos después,
descubriría en la calle que una bandera de España sin escudo y con un círculo negro tiene lectura política. El asombro del reportero ante el hallazgo fue, según los relatos, genuino.
Ahí está el nudo del asunto. Un comunicador con audiencia masiva aterriza en un fenómeno social que lleva meses cocinándose y lo aborda como quien pisa un terreno virgen.
Periodismo de guerra, lo llaman algunos. Otros lo llaman llegar tarde y con el guion aprendido en el coche.
El propio Jiménez verbalizó su incomodidad cuando alguien lanzó un objeto hacia su posición:
«me da igual que sea ultras o lo que sea, como me tiren algo voy a por ellos». La frase, recogida en el intercambio, resume la tensión de una noche en la que el reportero dejó de ser observador y pasó a ser parte del espectáculo.
Quién estaba en la calle y quién dice que estaba
La composición de la protesta es otro de los frentes abiertos. Una parte de los mensajes insiste en que la convocatoria la impulsa
Revuelta, con presencia de
Desokupa y de figuras del ecosistema mediático de la derecha radical. Otra parte responde que la etiqueta de «cuatro nazis de siempre» es el recurso de siempre para deslegitimar cualquier concentración que no sea propia.
El argumento se repite con variantes:
si la izquierda llena la calle, es democracia en acción; si la llena el otro lado, es ultraderecha. La simetría es burda, pero el debate sobre el doble rasero en la cobertura mediática no es nuevo ni exclusivo de esta convocatoria.
Lo que sí aparece con claridad es la sospecha sobre el papel de determinadas cadenas. Se sostiene que el interés de ciertos medios por amplificar estas protestas no busca informar, sino
elevar la temperatura hasta que ocurra algo irreversible. La teoría, sin prueba alguna, es que un incidente grave permitiría justificar medidas excepcionales contra determinadas formaciones políticas. Conspiración sin respaldo, pero con recorrido en ciertos círculos.
El cansancio que no sale en los telediarios
Entre los mensajes más lúcidos hay uno que no habla de inhibidores ni de banderas. Habla de una comunidad que fue locomotora económica y que lleva años discutiendo consigo misma mientras pierde peso relativo.
El agotamiento de la política como espectáculo permanente aparece ahí, en medio del ruido, como el único diagnóstico que no requiere elegir bando.
Y luego está el detalle económico que casi nadie mira: el coste de oportunidad de todo esto. Horas de trabajo perdidas, comercios cerrados, despliegues policiales. La factura de una noche de consignas la paga, como siempre, quien no estaba convocado.
Qué queda cuando se apaga el móvil
El directo se cayó. La conversación, no. Lo previsible es que la próxima concentración vuelva a tener su dosis de inhibidores fantasma, de cámaras caídas y de reporteros descubriendo el mundo en horario de máxima audiencia. Si algo demuestra este episodio es que
la falta de señal no impide la transmisión de relato. Al contrario: lo mejora. Sin imágenes, cada uno rellena el hueco con lo que ya creía antes de encender la tele.