Casas japonesas a precio de derribo: el mito del activo que siempre sube
En Japón, una casa en la ladera de una montaña cuesta menos que un coche de gama media. No es una broma ni una oferta temporal: es el resultado de décadas de una cultura inmobiliaria que trata la vivienda como un bien de consumo que se deprecia, no como un activo que se revaloriza. Mientras en España el discurso oficial graba a fuego que “el ladrillo siempre sube”, en el archipiélago japonés hay más de 9 millones de viviendas vacías (akiya) que se venden por precios irrisorios. La pregunta incómoda es si España podría acabar en una situación similar.
La razón principal es demográfica: Japón lleva décadas con una tasa de natalidad por los suelos y una política migratoria muy restrictiva. Sin nueva demanda, las casas se acumulan. A eso se suma que las viviendas japonesas, a menudo construidas con materiales ligeros, pierden valor rápidamente tras la compra, al contrario que en los mercados occidentales. En zonas rurales y especialmente cerca de Fukushima, los precios caen a niveles de derribo.
El contraste con la mentalidad española es brutal. Mientras aquí se da por hecho que comprar un piso es el mejor refugio de valor, en Japón es un pasivo que se deprecia como un coche. Algunos analistas apuntan a que los impuestos y la rigurosidad sísmica encarecen el mantenimiento, desincentivando la compra. Pero el dato que descoloca es otro: pese a tener 9 millones de casas casi regaladas, muchas siguen sin comprador. El mercado no encuentra suelo.