Vox empieza a cerrar el grifo panchito: ¿giro real o maquillaje electoral?
Durante años, Vox diferenció entre inmigración «buena» (latinoamericana) y «mala» (musulmana o africana). La narrativa de los «hermanos hispanos» fue su seña de identidad. Pero la presión de las bases, hartas de la inmigración masiva desde América Latina, ha forzado un cambio de rumbo. El partido ha empezado a criticar abiertamente la inmigración «panchita» y a distanciarse de iniciativas como «Latinos por Abascal», que hasta hace poco eran su orgullo.
El detonante: el decreto de regularización de Sánchez
El detonante inmediato ha sido el decreto de regularización masiva de inmigrantes impulsado por Pedro Sánchez, que ha legalizado a centenares de miles de latinoamericanos en situación irregular. Para muchos votantes de Vox, eso ha sido la gota que colma el vaso. «Hace 20 años que se tenían que haber tomado medidas. Ahora es tarde», resume un análisis que circula entre la base. La percepción de que la «invasión» es ya un hecho consumado ha llevado a exigir un endurecimiento del discurso, sin excepciones culturales.
Hispanchismo bajo sospecha
El giro no está exento de contradicciones. Durante años, Vox mantuvo una línea «hispanchista» –defensa de la inmigración latinoamericana por lazos culturales– que ahora es señalada como traición. Asesores como Kiko Sánchez Monasterio, considerado un «hispanchista premium», están en el punto de mira. Algunos ven en el cambio un mero cálculo electoral: recuperar a los votantes que se han ido a opciones más duras, como Aliança Catalana, que desde el primer día se opone a toda inmigración, incluida la panchita. En Cataluña, advierten, Vox perderá muchos votos si no es creíble.
Dos almas en pugna
En las filas de Vox conviven dos posturas. Una, mayoritaria, que celebra el endurecimiento como una necesidad para no desaparecer: «La inmensa mayoría de votantes no quiere más inmigración, ni musulmanes, ni negros, ni panchitada». Otra, más heterodoxa, que recuerda que la inmigración latinoamericana ha sido un vivero de votos para el partido y que el giro puede ahuyentar a esos nuevos votantes. El debate interno es intenso: «Si dices que los panchitos son malos, te quedas sin su voto; si dices que son buenos, pierdes al español medio. No hay salida fácil».
¿Y ahora qué?
El cambio de discurso es real en los tuits y en algunos actos, pero falta la letra pequeña. Exigencias como «cerrar la Gaceta de la Iberoesfera» o romper los programas de afiliación desde Sudamérica son pruebas de fuego. Por ahora, el partido se mueve con ambigüedad calculada: dice que no quiere inmigración ilegal, pero sigue defendiendo la legal cuando sea necesaria. Para una base que ya no distingue, eso suena a excusa. La pregunta que queda en el aire: ¿es este el primer paso hacia una política migratoria seria, o solo un parche para contener la hemorragia de votos?
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