Medio millón a los 40: el patrimonio que un ejecutivo desprecia
Un encuentro casual en El Corte Inglés ha devuelto a la actualidad una pregunta incómoda: ¿cuándo se puede decir que un patrimonio es suficiente? Un ejecutivo que se presenta como gran triunfador se cruza con un antiguo compañero de universidad y escucha que, con 40 años recién cumplidos, tiene la casa pagada y medio millón de euros ahorrado, y que piensa tomarse la vida con más calma. La respuesta no se hace esperar: eso «es una mierda», el listón de la tranquilidad empieza en diez millones y quien se conforme con menos pertenece a la «clase bajísima».
Las cifras de la nueva élite según su relato
La escala tiene su propia lógica interna. Asegura que jóvenes de 28 años que pasaron por McKinsey ganan 500.000 euros anuales, que los de 25-30 muy buenos llegan al millón sin enchufe y que la cima, con 26 años, se levanta 2 millones brutos al año. La clase alta, remata, empieza en gente como Wyoming, con 40 pisos, o Almodóvar, con una sicav de 12 millones. El resto, «gente de bajo valor que no se lo ha currado».
El contrapunto: el trabajo no hace ricos
La reacción de quienes escuchan la escena es mayoritariamente escéptica. «Un tipo que gana millones al año no pierde el tiempo en esto», apunta un análisis. «Solo los pretenciosos hablan de trabajos de alto nivel, propiedades y pasta, todo indemostrable». Otro matiz más incisivo: por muy top que seas, trabajar por cuenta ajena no te saca de pobre; el gran patrimonio se hereda o se construye con un negocio propio, y hasta los perfiles brillantes andan justos para comprar un piso bueno en el centro.
El episodio deja una cifra que desconcierta: si un joven de 28 años gana medio millón anual, en dos ejercicios acumula lo que su antiguo compañero tardó veinte años en construir. Con esos márgenes, la única explicación plausible para que ambos mundos coexistan es una hiperinflación que deja en bragas a la de Weimar.