180.000 vascos se fueron y Euskadi no encontró relevo
La paradoja es difícil de digerir: la comunidad que más ha reivindicado su identidad es la que más población autóctona ha perdido en medio siglo. Los estudios sobre el éxodo apuntan a unos 180.000 vascos que salieron de Euskadi en las décadas de 1980 y 1990. En paralelo, el territorio ha absorbido a alrededor de 300.000 personas de origen extranjero, y la cifra sigue subiendo. Dos movimientos opuestos sobre la misma balanza demográfica, y ninguno de los dos pilotado por quien decía pilotarlo todo.
Por qué 180.000 vascos abandonaron Euskadi en los 80 y 90
Los 180.000 que se marcharon no se fueron de vacaciones. Buena parte de ese éxodo se atribuye a la presión del entorno nacionalista de aquellos años y a la violencia, con episodios de amenaza a vecinos señalados por no comulgar con el discurso dominante. En contra de esa lectura se alega que hubo también razones económicas y que la cifra incluye retornos y traslados laborales. Las dos cosas pueden ser verdad, aunque solo una de ellas se cuenta en las cenas familiares.
El fenómeno no fue un caso aislado. Historiadores y analistas han documentado vínculos entre ETA y grupos armados latinoamericanos como Montoneros, con reuniones en Euskadi para intercambiar tácticas y conocimientos en el manejo de explosivos. Un detalle que estos días circula como recordatorio de que el pasado no siempre pide permiso para volver.
Cuántos vascos de origen quedan y por qué se discute el dato
Aquí el terreno se vuelve resbaladizo. Se argumenta que los descendientes de la emigración interior de los años sesenta —los llegados de otras regiones españolas— representan ya la mayoría de la población, y que los vascos de cepa anterior a esa ola no llegarían al 25%. Es una estimación discutible, sin consenso demográfico, que mezcla apellidos, lengua y sentimiento de pertenencia. Pero sirve para algo: demuestra que la identidad vasca, cuando se mide, se parece más a una construcción reciente que a un bloque cerrado.
De ahí el marco temporal de todo el asunto: el cinturón de hierro de 1936, la posguerra y el ciclo político de Herri Batasuna en los ochenta y los noventa.
Osakidetza, la RGI y el mercado laboral que no cubre nadie
El retrato económico desmiente el paraíso. A las últimas oposiciones de Osakidetza se apuntaron más de 100.000 personas, una señal de lo que busca la población: plaza fija, aunque el sueldo no sea para tirar cohetes. Y Lanbide, el servicio vasco de empleo, admite problemas para localizar a miles de perceptores de la Renta de Garantía de Ingresos. Muchos de los puestos que la industria no cubre se sostienen con trabajadores de fuera, lo que alimenta una discusión que nadie quiere mantener en voz alta.
El muro de Otegi y la contradicción del discurso abertzale
Arnaldo Otegi llamó en Bilbao a levantar un «muro antifascista, republicano, abertzale, feminista y socialista» inspirado en el cinturón de hierro de 1936. La apelación a la muralla defensiva convive con un discurso que reclama fronteras abiertas, y esa tensión es la que se le reprocha desde varios frentes. Circula además una frase atribuida al propio Otegi sobre quién serviría los cafés en las terrazas sin forasteros, convertida en munición para ambos lados.
Hasta la estampa del gudari se ha vuelto incómoda: el sobrino nieto de Sabino Arana, pescador de atunes en el Gran Sol, frente al heredero de Neguri ansioso de los jesuitas de Deusto. Dos vascos, dos mundos, una misma bandera.
El euskera como último marcador
Si hay un indicador que resume el miedo, es la lengua. El euskera depende de la transmisión familiar y de la escuela, y ambas cosas se estrechan cuando la población envejece y quienes llegan de fuera no lo adoptan como propia. Se dice que pronto solo se oirá en los bares de siempre, entre los de siempre. Puede ser exagerado. También puede ser la única predicción demográfica que nadie discute.
¿Es el declive vasco un fracaso de gestión, una exageración identitaria o, simplemente, el precio de vivir en el país que se votó?