El hobby no gasta: gasta el catálogo que arrastra detrás
Un aficionado sale a pescar con una caña de 30 euros, un carrete de 50 y sedal barato de una tienda de barrio. Pesca igual que los demás. En la misma red, otro saca obladas con un carrete de 600 euros. La diferencia entre ambos no está en el pez: está en todo lo que el catálogo dice que hace falta para pescarlo. Ese es el mecanismo de los
hobbies que incitan al consumo masivo, y conviene tener el mapa antes de entrar.
De la caña de 30€ al carrete de 600€
Con la caña y el carrete más básicos de una gran superficie y unos cuantos señuelos baratos se puede practicar la pesca por
menos de 30 euros. La cuenta cambia si la afición engancha de verdad: ahí empiezan los cientos de euros y sigue subiendo. Miles de accesorios, marcas, señuelos, cañas, carretes, cajas y mochilas esperando turno en la estantería. Lo que vacía la cartera no es el río.
La lista de aficiones que se comen el sueldo
La pesca abre un índice que cualquiera reconoce: golf, relojes, caza, esquí, afeitado clásico, libros, plumas estilográficas, karting, alpinismo, DJ, tiro deportivo, náutica, volar —parapente, aviación, veleros, paracaídas—, alta fidelidad, vino, buceo, fotografía, instrumentos musicales, ciclismo, drones y radiocontrol, motos, gaming, coleccionismo, cómics, wargames de miniaturas y modelismo.
Algunas tienen fama merecida. La relojería es un
mundo bastante obsesivo donde se van cantidades ingentes de dinero. El tiro al plato llega a divorcios, y no es exageración. El karting es
una ruina si solo vas de vez en cuando y un
agujero negro si te compras uno. Los barcos y las lanchas gastan hasta parados en el amarre. Y el deporte popular se ha encarecido con violencia: correr y la bici. En los noventa se salía con una bicicleta de segunda mano; hoy hay quien no concibe rodar sin
3.000 euros debajo.
¿Qué se considera consumo masivo?
Aquí aparece el primer desacuerdo. Para unos, el criterio es la compra compulsiva: estar siempre adquiriendo cosas que no se necesitan, extras y chorradas que empujan el catálogo anual, las tendencias y los prescriptores. El bote de pintura de 6 euros para figuras cunde más que 6 euros en un bar, y el bar sale caro para lo que da: mucha gente lo paga por inercia, no por gusto.
Para otros, la afición no es cara por naturaleza. Alguien bucea a pulmón con máscara, tubo y aletas. Caro es coleccionar cosas caras: quien colecciona piedras no gasta nada; quien las busca en el Himalaya y en las Seychelles se arruina viajando. Un tercer criterio gana peso: casi todo hobby es barato o caro según cómo se practique, no según lo que sea.
El fanatismo, el verdadero sumidero
El mecanismo se repite. Se empieza con la máscara y el tubo. Luego llegan las gafas espejadas, un segundo modelo con menos volumen, otro con pinza nasal, aletas largas, aletas cortas, traje de neopreno camuflado. La afición sigue siendo la misma; el armario, no. El buceo se encarece cuando se convierte en excusa para viajar y presumir de material de colores.
Pasa igual con el gimnasio: aminoácidos, glutamina, barritas de todo tipo, suplementos que se acumulan. Quien se aficiona al derrape con coches viejos acaba reparando sin parar. Quien empieza con drones termina con un taller en el salón. Cualquier afición que atrape arrastra sumas enormes, hasta la de apariencia más modesta.
Los números de quien se dejó llevar
Trece bajos eléctricos. Trece. Uno de ellos de
5.000 euros, guardado, criando polvo. Quien hizo esa cuenta reconoce que ya no compra más y que está vendiendo lo prescindible. No es un caso aislado: hay bicicletas de 3.000 euros, relojes acumulados y bibliotecas enteras levantadas a base de rastros.
Frente a eso, la otra cara del mismo mercado: una emisora de HF de segunda mano por
200 euros y walkies bibanda de 70 centímetros y 2 metros por menos de 40. Una cámara réflex APS-C de segunda mano que hubo que recalibrar. En pintura, tres o cuatro colores buenos —azul de ultramar, amarillo de cadmio claro, rosa de quinacridona— y aceite de linaza bastan para casi todo. El material de calidad cuesta por algo. El problema es la parafernalia que lo rodea.
Coleccionar también puede ser barato
El coleccionismo concentra las dos caras. Hay quien paga un ojo de la cara por condecoraciones militares y hay quien compra libros antiguos en mercadillos por un euro, ediciones que en una librería anticuaria cuestan mucho más. De un punto limpio salió una enciclopedia industrial de 1919 completa. Otros guardan billetes con números de serie correlativos, fajos de 5.000 pesetas, en álbumes que no rinden en ningún banco.
El hobby, en realidad, no gasta. Gasta lo que cada uno decide tener. Y lo más llamativo no es la factura: es cuántas de esas compras siguen con el precinto puesto.