Hiroshima y el olvido de los 166.000 muertos que nadie conmemora
El 6 de agosto de 1945 Estados Unidos lanzó la primera bomba atómica sobre Hiroshima. La cifra que se repite en cualquier discusión, tomada de Wikipedia, es de
166.000 víctimas mortales. Setenta y siete años después, el aniversario pasa casi sin titulares. Cuando se menciona, se hace con un sujeto gramatical escurridizo, como si el artefacto hubiera caído por generación espontánea. La conversación en los márgenes va de cifras, de silencio mediático y de quién decide qué atrocidad merece portada.
Cuántas víctimas causaron Hiroshima y Nagasaki
Los números bailan según la fuente. La referencia más citada,
Wikipedia, da 166.000 muertos en Hiroshima. A Nagasaki se le atribuyen otros 80.000, lo que lleva el total de ambos ataques nucleares a
246.000 fallecidos. Si se suma el bombardeo de Tokio con napalm, que dejó unos 100.000 muertos, la cifra conjunta se dispara hasta los 346.000, en su mayoría civiles. Un ejercicio aritmético que, según con qué cifra se arranque, cambia por completo la escala de lo ocurrido.
Hay además una confusión recurrente con el número 200.000. Unos lo asignan al ataque incendiario sobre la capital japonesa; otros, a la masacre de Nanjing, donde las tropas japonesas mataron a una cifra similar de civiles. Es decir: dos atrocidades distintas, dos responsables distintos y una memoria colectiva que las mezcla sin demasiado pudor. Cuando el dato se convierte en arma arrojadiza, el dato deja de importar.
El «mal necesario» y la Operación Downfall
El argumento clásico sostiene que las bombas evitaron la invasión terrestre del archipiélago. El plan, conocido como Operación Downfall, contemplaba el desembarco de un contingente equivalente a un centenar de divisiones en la llanura que rodea Tokio, con un coste humano que se ha llegado a cifrar en un millón de vidas estadounidenses. La cifra se repite tanto que ha acabado funcionando como dogma, y quien la cuestiona queda automáticamente señalado.
Frente a ese relato, una parte del análisis sostiene que Japón ya buscaba la rendición. La Conferencia de Yalta de febrero de 1945 fijó que la URSS entraría en guerra contra Japón tres meses después de la rendición alemana, y el tratado de no agresión entre Moscú y Tokio expiraba a mediados de 1946 sin intención de renovarse. La tesis que circula es incómoda: ni Washington ni Moscú tenían interés en que el país se rindiera antes de agosto, porque ambos querían asegurarse su parte antes de cerrar el capítulo.
Tokio, el bombardeo con napalm que casi nadie recuerda
Antes de las bombas nucleares hubo Tokio. El bombardeo con napalm sobre la capital dejó alrededor de
100.000 muertos y apenas ocupa espacio en el calendario conmemorativo. La comparación no es menor: la misma lógica que hoy minimiza unos ataques ignora el otro, y el resultado es una jerarquía del horror en la que casi siempre manda el mismo criterio. Unos episodios generan películas y museos; otros, ni una línea.
En ese terreno se mueven también afirmaciones difíciles de verificar, como la que sostiene que Hiroshima y Nagasaki eran las dos ciudades japonesas con mayor población católica. Circulan sin respaldo documental, pero se repiten con la seguridad de quien cree tener la clave oculta de la elección de los objetivos.
2.000 millones de dólares y un aviso a Stalin
El programa nuclear estadounidense costó
2.000 millones de dólares de la época, y había que probar el arma. Lo apuntaba un comentario al hilo de la efeméride: semejante inversión no se amortiza con una demostración en el desierto de Nevada. De ahí la lectura de que el segundo objetivo del lanzamiento era Stalin, una advertencia con forma de hongo para que el aliado de ayer midiera sus ambiciones en Europa.
También se rescatan episodios posteriores, como el supuesto plan de Winston Churchill para atacar a la Unión Soviética con armamento nuclear y liquidar la amenaza comunista. Una afirmación que circula a partir de noticias con titulares catastrofistas y de la que el material no ofrece confirmación.
Con estas cifras encima de la mesa, la cuestión no es qué ocurrió, sino por qué 77 años después sigue habiendo aniversarios con alfombra roja y otros con sordina. ¿Cuántas veces hay que repetir un número para que deje de ser una molestia y se convierta en memoria?