Cantabristas, el pulso al PRC que se cuece en la Cantabria rural
¿Qué ocurre cuando un partido regionalista que ha dominado la política cántabra durante décadas se desmorona? La respuesta provisional tiene siglas: Cantabristas, una formación de izquierda identitaria que, según las previsiones que circulan en el análisis político, tiene la puerta de las instituciones medio abierta. No hace falta que gane: le basta con que los demás se estén derrumbando.
La triada PP-PSOE-PRC se resquebraja
El PRC de Miguel Ángel Revilla atraviesa un proceso de descomposición que nadie en el partido parece saber frenar. A su derecha, un PP sin discurso y acusado de seguir con el «relato presupuestario» mientras pierde a su base social. A su izquierda, un PSOE castigado por la gestión de la crisis del centro de menores, que obligó a pedir perdón al responsable, Casares. Y Podemos, quemado, ya no ocupa el espacio de descontento. Quienes han seguido la evolución política cántabra señalan que la confluencia de estos fracasos abre exactamente el hueco que una formación nueva puede ocupar.
Algunas voces añaden que el movimiento no es exclusivo de Cantabria: recuerdan el precedente de la Chunta en Aragón y lo que ocurre en Andalucía, donde formaciones de tipo identitario capturan el voto de protesta. La peculiaridad cántabra es la velocidad: dos legislaturas pueden bastar para que la derecha sociológica se esfume.
Cantabristas, con raíces en el Conceju Nacionaliegu Cántabru
Cantabristas no nace de la nada. Su linaje se remonta al antiguo Conceju Nacionaliegu Cántabru, un proyecto cuyo final es utilizado por los escépticos para augurar la misma suerte a la nueva formación: un máximo de dos escaños y después, la travesía del desierto. En el otro lado están quienes consideran que el partido, alimentado por funcionarios jóvenes de perfil progresista, sí tiene capacidad para colocar concejales y condicionar gobiernos aunque no llegue al poder.
La duda es si su discurso identitario conecta con el mundo rural real. Se le reprocha vivir en la burbuja urbana y no entender los problemas de los pueblos, mientras Vox intenta, en paralelo, llevarse el voto agrario por la derecha. Cantabristas, apuntan algunos, se quedaría con el pastel urbano-progresista, que es el que crece.
Segundas residencias, fincas rústicas y el «Magaluf del norte»
El verdadero combustible electoral puede estar en el campo. La compra de fincas rústicas para levantar viviendas de fin de semana y la presión de los parques eólicos están generando un malestar creciente entre los ganaderos. Se habla del 60% de las operaciones orientadas a segundas residencias, con nombres propios de municipios con campos de golf cerca, de Valdáliga a Ribamontán. La sensación de que Cantabria se convierte en el «Magaluf del norte» es el caldo de cultivo perfecto para un partido que se presenta como defensor del territorio, aunque sus críticos duden de su autenticidad.
La discusión sobre quién tiene derecho a construir en suelo rústico y quién regula ese proceso ha acabado por separar aguas: unos ven la defensa del pequeño propietario; otros, una cortina de humo para que los fondos de inversión hagan su agosto. Lo único que parece claro es que la administración regional ha abierto una puerta que ya no puede cerrar fácilmente.
No hay nada más cántabro que desconfiar de lo que viene de fuera, incluida la política. Si Cantabristas llega a entrar en las instituciones, la explicación no habrá que buscarla en su programa, sino en la calidad de los adversarios. Cualquiera con dos ojos la ve venir. El calendario electoral decidirá si era una premonición o un simple barrunto con olor a silo.