Guerra de Ucrania: los vídeos que cada bando llama montaje
¿Cuántos de los vídeos que salen de Ucrania son ciertos y cuántos son propaganda? La pregunta no se responde sola. El material que circula mezcla imágenes de supuestas torturas a prisioneros, prisioneros de guerra rusos hacinados desnudos en un camión y detenciones sin rastro de un sacerdote ortodoxo en Smela, en el óblast de Cherkasy. Ninguna de esas piezas ha sido verificada de forma independiente. Lo único firme es lo de siempre: a ningún bando le interesa revisar lo que le incrimina.
¿Qué muestran los vídeos que se difunden sobre la guerra?
La lista es larga y desagradable. Un hombre maniatado que gime y es apuñalado. Prisioneros rusos apelotonados sin ropa en la caja de un camión mientras se les da la bienvenida. Cadáveres profanados. Un religioso de la Iglesia Ortodoxa Ucraniana del Patriarcado de Moscú secuestrado por una supuesta milicia territorial, cuyo delito sería rechazar el relato oficial. Cada pieza se presenta como prueba y cada prueba tiene su contraprueba.
Hay un detalle que se repite en la discusión y que conviene subrayar: parte del metraje sería
viejo. La ropa que aparece en algunas imágenes sitúa la grabación años antes del estallido, lo que desmonta la tesis de que la crueldad nació con la invasión. Quien sostiene eso añade que la psicopatía venía de serie, con o sin cobertura militar.
El pulso de la autenticidad: del «todo es fake» a la acusación de complicidad
La respuesta más repetida a cualquier vídeo incómodo es la misma:
montaje, propaganda, operación de cuentas. Se habla de perfiles que publican cada minuto, durante las 24 horas y los siete días, como si detrás hubiera turnos de trabajo; de ahí salta la sospecha de granjas de cuentas al servicio de un bando. La acusación tiene su reverso: quien niega todo lo que incrimina a un lado se convierte, para el otro, en cómplice.
Y ahí se rompe cualquier conversación. Hay quien recuerda que los documentos gráficos circulan por igual en los dos sentidos, incluidos los que muestran tropelías del bando propio, y que ninguno de ellos llega con acta notarial. Entre las dos trincheras, el terreno de la verificación queda desierto.
¿Qué piden quienes coinciden en algo? Que responda la justicia internacional
Aquí hay un punto de encuentro raro y valioso: lo decisivo no es el vídeo, sino si cada Estado persigue y condena los crímenes de sus propios combatientes. Si esas prácticas son actos aislados de grupos fuera de las fuerzas armadas, la rendición de cuentas es posible; si responden a una política, el problema deja de ser judicial y pasa a ser estructural. De ahí la exigencia de que intervenga el Tribunal Penal Internacional.
La dificultad es evidente: las partes en conflicto no reconocen jurisdicción ajena y cada acusación se responde con otra. Mientras, los cadáveres se acumulan y los procesos no.
El Donbass: dónde sitúa cada bando el origen de todo
Una corriente mayoritaria en la discusión retrocede a
2014 y al cambio de gobierno en Kiev, que atribuye a una injerencia exterior, para explicar la revuelta del este y las primeras tropelías. Otra corriente coloca ahí la primera responsabilidad rusa, por haber armado a una parte de la población y haber alentado un conflicto civil. Ocho años de hostilidad, dicen, no se improvisan en un día.
Lo llamativo es que ambos relatos comparten un mismo silencio: ninguno explica por qué las matanzas de civiles siempre benefician al que puede señalar al otro.
Las cifras que se manejan y las que se exageran
En la discusión circulan números sin fuente común:
ocho años de tropelías previas, más de diez millones de ucranianos desplazados, cientos de millones de euros diarios pagados por el gas ruso, o la afirmación de un profesor de literatura española en Galitzia sobre la necesidad de reducir la población de origen ruso. También se compara el recuento de víctimas civiles, donde se pasa con alegría del millar a la cifra cien veces mayor según quién cuente.
Ninguno de esos datos resiste un contraste serio dentro de la propia conversación, y eso es precisamente lo que los convierte en munición.
¿Sirve de algo discutir esto? La respuesta incómoda es que la guerra se libra también en la pantalla, y que el espectador que se
pajea con un vídeo o con su negación está cumpliendo la función que le han asignado. Los muertos, por desgracia, no distinguen de qué bando era la cámara.