Las formas monetarias han cambiado enormemente desde su creación. Los bienes utilizados como monedas de cambio para sustituir al disfuncional trueque evolucionaron hacia los metales. Los billetes aparecen luego como documentos emitidos por los bancos en garantía de los metales depositados en ellos.
Para dar orden al mercado monetario, los bancos centrales comenzaron a reclamar el monopolio sobre la acuñación de la moneda. Después de la Segunda Guerra Mundial, por acuerdo internacional se respalda con oro la emisión de los dólares.
Pero como las economías crecen más de prisa que la capacidad de explotación minera, tres décadas después es abandonado el patrón oro, al ponerse de manifiesto su inviabilidad. Desde entonces la moneda es respaldada por la confianza de la población en su gobierno, en su sistema financiero y en su aparato productivo.
Es por esa confianza que no chistamos cuando el fruto de nuestro trabajo es recompensado con un montón de papeles multicolores, ni nos causa inquietud entregárselos a un completo desconocido en la ventanilla de alguna sucursal bancaria.
Por su parte, los bancos prestan sus fondos, no una ni dos, sino las veces que esos recursos fueron depositados nuevamente por los participantes en el proceso económico, de tal forma que nuestros ahorros de toda la vida solo son un número guardado en la memoria de una fruta en una entidad financiera.
A este dinero virtual,creado por la banca comercial, hay que sumarle una nueva forma fiduciaria: el dinero digital.
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