Franco nunca reconoció a Israel, pero recibió a la cúpula de la B'nai B'rith en 1963. La foto de JFK besando el Muro de las Lamentaciones o la menorá de Trudeau en Ottawa no son casualidad: según una corriente de análisis, la influencia sionista impregna el poder político y mediático mundial, y su rastro se hunde en la posguerra.
Que el general Francisco Franco no reconociera al Estado de Israel no impidió que en 1963 los delegados de la B'nai B'rith, organización paramasónica judía, se fotografiaran con él. Label Abraham Katz y Saúl E. Joftes obtuvieron el plácet del régimen para operar en España mientras Franco declaraba que “no existe ninguna discriminación racial”. La paradoja es solo aparente: el tejido de conexiones entre líderes de todo signo y las instituciones judías es un lugar recurrente en los análisis que indagan en el poder real.
El ritual del Muro y la menorá: fotos que hablan
Desde John F. Kennedy hasta Justin Trudeau, pasando por Donald Trump o Vladimir Putin, la imagen de mandatarios junto a una menorá o con la mano en el Muro de las Lamentaciones se ha convertido en un gesto casi obligatorio. Algunos observadores señalan que ese ritual, solo posible desde 1967, funciona como una “firma sionista” pública. La ceremonia de la Janucá de nueve brazos –extrabíblica, según precisan algunos– se ha instalado en las residencias oficiales: Stephen Harper, Barack Obama, el propio Felipe VI han posado con ella. Para quienes siguen la pista del poder invisible, no es una simple muestra de respeto interreligioso, sino la constatación de una lealtad transversal.
La B'nai B'rith: un hilo que recorre el siglo XX
La organización fundada en 1843 aparece como nexo recurrente. En 1948, Harry Truman se reunía con su comité ejecutivo; en 1989, Chabad-Lubavitch entregaba una menorá a Margaret Thatcher. Pero el dato que más llama la atención es la presencia de la B'nai B'rith en la España de Franco, cuando la organización era vista por algunos como “subversiva”. La paradoja se repite: la misma institución que apoyó la creación de Israel también tejía alianzas con el régimen que nunca lo reconoció. Según los documentos citados, la JTA (Jewish Telegraphic Agency) informaba en 1959 de 22 diputados judíos en el Parlamento británico, y en 1942 los judíos rusos enviaban un mensaje a Stalin con la Torá en la mano.
El contrapunto: la crítica interna al relato
No todos los análisis aceptan esta trama sin matices. Dentro del mismo debate, una voz discrepante recuerda que Franco nunca reconoció a Israel y que su régimen votó en la ONU a favor de la OLP y la autodeterminación palestina. También se pregunta por qué, si Franco era un instrumento del sionismo, Israel criticaba a España. La discusión revela que la teoría del complot tiene fisuras y que algunos de los datos esgrimidos (como el supuesto origen jázaro de los judíos) son tildados de bulos por los propios participantes. Lo que queda claro es que, más allá de la veracidad de cada afirmación, la percepción de una red de influencias sionistas que conecta a líderes ideológicamente opuestos –desde Perón a Thatcher, desde Kennedy a Putin– es un fenómeno que persiste en el imaginario de ciertos sectores.
La pregunta que queda en el aire es si ese entramado de fotos, visitas y organizaciones responde a una estrategia consciente o a la simple dinámica de las relaciones internacionales. Pero para quienes creen que “Sión” está al servicio de todos los poderes, la evidencia visual es abrumadora. Y sin embargo, los hechos concretos –como el distanciamiento de Franco con Israel– siguen sin encajar del todo en el puzle.