España ya no es el paraíso: sin vivienda y sueldos bajos
¿Merece la pena cruzar el Atlántico para acabar en una litera pagando 400 euros al mes? El mensaje que recorre los canales de quienes planean emigrar a España es cada vez más crudo:
no hay vivienda y el trabajo está mal pagado. Una supuesta «hermana imperial» —así se refieren en el debate a la autora de un vídeo que se ha viralizado— avisa a sus compatriotas de que el sueño español se ha convertido en una trampa de precariedad. La discusión, que se ha prolongado durante meses, ha pasado de la anécdota personal al análisis estructural: el mercado laboral español ya no absorbe con salarios dignos a la avalancha migratoria, y el acceso a la vivienda se ha convertido en un laberinto de habitaciones compartidas y alquileres abusivos.
El cálculo que desmonta el espejismo
Los números que se manejan en el debate son tozudos. Según un cálculo que circula, una camarera en una ciudad media como Valladolid puede ganar
1.300 euros limpios, mientras que una cocinera llega a los 1.600. Parece un sueldo aceptable hasta que se resta el alojamiento: una habitación cuesta unos 300 euros; un apartamento, 600 más 200 de gastos. La cuenta es demoledora: a la camarera le quedan 800 euros para vivir, y con 400 mantiene a dos hijos y a sus padres en Colombia o Venezuela. Otros testimonios elevan el alquiler de una habitación a 400 euros y el SMI a 1.100, lo que deja un margen aún más exiguo. La conclusión que se repite es que
solo se viene a malvivir.
¿Por qué siguen viniendo si las cuentas no salen?
La respuesta que se impone en el análisis es que España ofrece una combinación única: sanidad pública gratuita, educación, ayudas sociales, facilidad para regularizar la situación y nacionalidad en pocos años. «No hay otro país en el mundo con esas facilidades», se argumenta. A eso se suma la ventaja del idioma, que elimina la barrera de aprendizaje. El resultado es que, pese a los avisos,
siguen entrando por Barajas a diario. Algunos mensajes calculan que el flujo solo se detendrá cuando el SMI no permita ni pagar una habitación y el desempleo repunte, como ocurrió tras la crisis de 2008. La advertencia es que
haría falta otra recesión profunda para invertir la tendencia.
El mercado laboral se satura y los salarios se estancan
El debate no se limita a la vivienda. Una parte de los intervinientes sostiene que la llegada masiva de trabajadores dispuestos a aceptar condiciones por debajo de convenio está precarizando el empleo para todos. Se menciona que muchos migrantes aceptan sueldos inferiores a los estipulados y que, al normalizarse esa práctica, los trabajadores locales acaban desplazados. También se apunta a que los propios migrantes empiezan a notar la saturación:
el mercado laboral ya no da para más. La hostelería, uno de los sectores que más emplea, ofrece alojamiento cerca del bar a descontar de la nómina, lo que deja al trabajador con 300 o 400 euros al mes para comer y poco más.
La vivienda, el cuello de botella definitivo
El acceso a la vivienda se describe como el factor que rompe cualquier expectativa. En Madrid y Barcelona,
los precios están por las nubes y las habitaciones compartidas se han convertido en la norma. Se habla de «camas calientes en literas» y de pisos en los que se dividen habitaciones para meter dos camas y repartir el alquiler. La situación no es exclusiva de las grandes ciudades: Valencia y otras zonas del norte estarían siguiendo el mismo camino, y se especula con que Zaragoza sea la próxima en colapsar. El diagnóstico es que el esquema consiste en
gente con mucho dinero inflando precios y gente muy pobre viviendo en condiciones precarias para servirles.
El futuro: robots, remesas y el fin del modelo
La conversación deriva hacia el papel de la automatización y la inteligencia artificial. Hay quien sostiene que la robótica acabará expulsando a los trabajadores menos cualificados, incluidos los migrantes, y que el modelo actual tiene los días contados. Se menciona que ya se han vendido 10.000 unidades de un robot (X1) para sustituir a trabajadores en fábricas, lo que en cuatro años dejaría fuera a 10.000 empleados. Otros apuntan a que las remesas que envían los migrantes son un sostén para sus países de origen, pero que si dejan de llegar, la presión aumentará. El cierre del debate queda abierto:
¿qué pasará cuando el trabajo escasee y la vivienda siga inaccesible?