La escena ocurre en el llano de Burgos. Un ciclista rueda a 38 por hora y le adelanta un señor de unos cincuenta años sin pedalear. Le sigue la rueda: el trasto, un supuesto pedaleo asistido de 30 kilos con motor chino, aguanta tres kilómetros a 50 y se funde. El adversario se queda tirado, y la pregunta queda en el aire: ¿es esto una bicicleta o un ciclomotor ilegal?
La física no deja lugar a dudas. Mantener 50 km/h en llano exige 580 vatios para un ciclista de 80 kilos, y el 91% de esa energía se gasta en empujar aire. Es rendimiento de profesional en plena forma. A rueda, el ahorro aerodinámico baja la demanda a 396 vatios, todavía una burrada. Ni el más entonado aficionado de 50 años produce eso sin motor. Pero los motores chinos tampoco: diseñados para 250 vatios y 25 km/h, trabajando a 50 se sobrecalientan y funden.
El vacío legal que crea el monstruo
La normativa europea es clara: una bicicleta de pedaleo asistido no supera los 25 km/h ni asiste sin pedalear. Por encima de eso, es un ciclomotor, con su permiso, seguro y casco. La realidad es que estos kits se venden sin control y la vigilancia es casi inexistente. El resultado es un ejército de «ciclopatinetes» sin matrícula circulando a 50 entre ciclistas de verdad, con usuarios que a menudo no saben que pilotan un vehículo a motor.
Consumo responsable: la trampa del precio
El comprador medio cree llevarse una bici saludable y ecológica. Se lleva una moto barata, sin frenos adecuados, con una suspensión de juguete y un motor que se autoinmola en cuanto se le exige lo prometido. Cuando funde, el coste de reparación supera al del trasto. Y el vendedor ya ha cobrado. No hay consumo responsable posible si el producto infringe la ley y la Administración no lo retira del mercado. En Cercedilla, Rascafría o la Fuenfría, estos cachivaches adelantan en las subidas a los ciclistas de verdad, y la tensión entre ambos mundos va a más.
El dato que descoloca: los vatios no engañan, y el motor chino, tampoco. Siempre arde.