Dormir de vivac: cuatro huevos, una lona y muchas preguntas
Cuatro huevos cocidos, una cuña de queso y pan. Ese fue el avituallamiento completo para dos días durmiendo a la intemperie. La propuesta, lanzada con apenas dos palabras en un foro, era sencilla: contar la experiencia de un vivac y responder preguntas. La respuesta llegó en forma de cachondeo, dudas técnicas y un debate que va mucho más allá de la logística: qué pasa cuando una actividad minoritaria se convierte en tendencia.
¿Qué es el vivac y qué equipo hace falta?
El término es viejo: dormir al raso o con lo justo, sin instalaciones, como hacen los alpinistas antes de atacar una cumbre. La lista de material que se maneja aquí no invita al glamur.
Un saco decente, funda de vivac y una lona para que la lluvia no moje la cara. Nada de tienda si se quiere ir ligero. Hay quien separa el saco por temporadas —uno de invierno y otro de verano— y confirma que el equipo de excedente militar nuevo ha salido «cojonudo».
La improvisación manda. Basta una colchoneta de aire y un saco a prueba de frío. Todo lo demás es psicología.
Dormir dentro del coche, la alternativa que gana adeptos
Buena parte del intercambio no va de tiendas ni de lonas, sino de coches. Abatir el respaldo y dormir dentro del vehículo se impone como la versión cómoda del vivac. La pega: en los turismos el maletero no queda plano del todo y hay que jugar con la posición de los asientos. Según cuenta un aficionado, en su vehículo el respaldo abatido deja más de 190 centímetros para tumbarse estirado.
Un aficionado detalla que quita el respaldo y lo pasa hacia delante al llegar la noche, hincha la colchoneta con la toma del mechero y coloca un aislante encima. La aspiración siguiente es un familiar en versión ranchera o un monovolumen. Otros van más lejos y montan mesa y silla plegables, porque cenar sentado en condiciones cambia por completo la experiencia, dicen.
Cocinar sin cocina
El turno de preguntas arrancó con sorna: si se cocina con hornillo o se enciende un fuego con lo que haya. La respuesta del anfitrión fue práctica. Para dos días, comida fría y un hornillo tipo esbit que no ocupa nada. En invierno entra una pequeña
chasca —fuego de ramas— para cocinar y después dormir. También se habla del horno bajo tierra y del truco de hervir la carne al cabo de la semana para conservarla. Y del clásico: ¿llevas latitas o vas de cazador con arco y cuchillo?
La masificación del monte: papel higiénico y furgonetas
El intercambio gira pronto hacia un asunto más incómodo. Un forero sostiene que el monte se ha llenado de gente que no respeta nada. El mismo usuario afirma que en los alrededores de los puntos de pernocta se acumula papel higiénico usado y pañuelos a una escala que no se veía antes de 2020. La comparación con el ciclismo, el senderismo o las furgonetas cámper suena a advertencia: cuando una actividad se vuelve moda, baja el umbral de cuidado.
¿Masificación o simple más gente? cambia según quién mire.
Jabalíes, garrapatas y humor de campamento
Del riesgo real se habla poco y siempre con guasa. Alguien confiesa haber pasado miedo con los jabalíes que se acercan a una charca cercana. Otro recuerda las garrapatas. La mayoría responde a la logística con coñas: toallitas húmedas, gnomos del bosque, espectros nocturnos. Entre chiste y chiste se cuela un apunte que resume el asunto:
volver a casa y valorar la ducha, la cocina y el sofá como nunca. El confort se redescubre al perderlo dos días.
Vivac a más de 3.000 metros
Entre tanta broma aparece una recomendación con contenido. Se cita un documental de unos 35 minutos sobre vivac en altura en los Pirineos, por encima de los 3.000 metros. Es la parte menos folclórica del tema: dormir arriba es serio y el material pesa de verdad. También se cruzan planes de escapadas por León, Zamora y Salamanca, y un recuerdo de varios años viviendo fuera.
Con la afición creciendo por un lado y los veteranos quejándose del ruido por otro, queda una pregunta sin cerrar: ¿el respeto al monte depende del número de visitantes o simplemente se ha dejado de tener el manual?