Consumo de animales recién nacidos: tradición contra ética
Consumir animales recién nacidos es una de esas prácticas que, vistas de cerca, resultan difíciles de justificar. Y sin embargo, el bolsillo y la tradición se encargan de sostenerla. El hallazgo de unos muslos de pollo diminutos, casi embrionarios, en una bolsa congelada ha reabierto la polémica sobre el sacrificio de crías. ¿Es sarracena aceptable comer criaturas que no han disfrutado de una sola semana de vida? El debate enfrenta a quienes defienden el respeto a la vida animal con quienes ven en ello un asunto cultural y económico.
La economía del lechón: por qué se sacrifica a los 4 kilos
Para entender por qué se consumen estos animales hay que ir al sistema productivo. En explotaciones de ovino lechero, las ovejas deben estar ama regularmente para seguir produciendo leche. De esos partos nacen corderos que, en el caso de los machos, no sirven para la producción láctea. La alternativa más rentable es sacrificarlos cuando aún están mamando, con apenas unos días de vida. Un lechón se vende con 4 kilos, mientras que criarlo hasta los 100 kilos encarece el alimento durante meses. La cuenta sale: para el productor, vender el lechón recién nacido es un ingreso extra que compensa el coste de la leche. Algo similar ocurre con los cochinillos, que se sacrifican a las pocas semanas de su nacimiento.
La paradoja del pollo «adulto»
El pollo que comemos habitualmente tampoco es un animal adulto. Los que se venden en bandejas son sacrificados entre la sens y la octava semana de vida. Es decir, aún es un recién nacido si lo comparamos con la longevidad natural de la especie. El pollo “cherry”, de menor tamaño, lleva esto al extremo. En una granja intensiva, un pollo de engorde nunca conocerá la luz del día ni la hierba. La cuestión entonces no es solo la edad, sino también las condiciones en las que han vivido.
La naturaleza no es Disney: el contraargumento
Los que defienden el consumo de crías apelan a la biología. En la naturaleza, los depredadores cazan preferentemente a las crías, que son presas fáciles. Algunas especies apenas alcanzan el primer año de vida: la supervivencia puede ser del 50%, del 10% o incluso del 0,1% en casos extremos. La naturaleza es una granja donde las crías son el menú principal. Si el hombre no las consume, otros animales lo harán. Como curiosidad, en Filipinas existe el balut, un cigot fertilizado con un embrión de pato, considerado un afrodisíaco. Es otra forma de consumir lo que está a punto de nacer, aunque en este caso sea un cigot.
¿Hacia un consumo más ético?
En medio de todo esto, hay una tercera vía: no prohibir el consumo animal, sino mejorar las condiciones en las que viven y son sacrificados. Se argumenta que la compasión nos distingue de otros animales. Podemos comer carne sin infligir sufrimiento innecesario, mejorando las granjas y los mataderos. Pero la empatía humana es selectiva: nos conmueven los lechones de ojos grandes, mientras aplastamos insectos o no nos planteamos el dolor de las plantas. En los últimos años, la figura de activistas como Gary Yourofsky ha popularizado la idea de que el consumo de carne es una forma de violencia. Sus vídeos circulan en redes y han inspirado a una generación de veganos. Aunque su discurso es radical, plantea una pregunta incómoda: ¿por qué un perro merece protección y un cordero lechal no?
Por tanto, la prohibición total parece improbable a corto plazo. La tradición gastronómica y la economía de la producción seguirán poniendo lechones y corderos lechal en la mesa. Pero la conciencia sobre el sufrimiento animal avanza. A lo mejor, en una década, el consumo de animales recién nacidos será un nichazo similar al de las pieles. O a lo mejor la realidad seguirá siendo demasiado desagradable.