Emigrar de España: el plan que gana peso entre los que ya no ven salida
¿Merece la pena hacer las maletas y buscar fuera lo que aquí parece agotado? La pregunta recorre una discusión de 144 intervenciones que arranca con una tesis rotunda: «hemos llegado al fin, este país es insostenible». La propuesta inicial no admite matices: plantearse soluciones directas, empezar por largarse del país, y mejor fuera de la Unión Europea. Lo que sigue es un catálogo de destinos, cálculos vitales y reproches cruzados sobre quién tiene la culpa de que la idea de emigrar haya dejado de sonar extravagante.
El diagnóstico que se repite no distingue siglas. Una parte de los intervinientes reparte la responsabilidad entre los dos grandes partidos y sus socios a lo largo de quince años, y sostiene que el deterioro ya no tiene vuelta atrás. Otros van más lejos y fechan la defunción del país en 2011, frente a quien la sitúa en 2004. La discusión se encona cuando entra el factor demográfico: hay quien afirma que la sustitución de población es un hecho consumado y quien responde que el problema no es ese, sino la falta de relevo generacional y la presión sobre los servicios.
Los destinos que se barajan y lo que cuesta cada uno
El abanico de salidas es amplio y poco convencional. América Latina aparece una y otra vez: Argentina, Uruguay, Chile, Colombia, Brasil, El Salvador, Belice. También el Sudeste Asiático y Filipinas, sobre todo para quien puede trabajar en remoto. Y Estados Unidos, con la advertencia de que no es una frontera abierta para cualquiera.
Los testimonios personales son el material más valioso de la discusión. Un participante de 68 años cuenta que ya ha dado el paso y vive en un hotel del poblado de Medellín, con precios que cifra en un 25% de los españoles y una habitación con desayuno por 39 euros. Otro relata su experiencia en Colombia con más sombras que luces: robos del teléfono en la calle y en un bus, atascos sin metro y una religiosidad omnipresente en las conversaciones. La comparación entre lo que se critica aquí y lo que se encuentra allí no siempre sale favorable.
¿Por qué se plantea emigrar fuera de la Unión Europea?
Porque una parte de los intervinientes da por hecho que el problema no es solo español. La tesis que gana terreno es que Europa camina en la misma dirección con más mochila a la espalda, y que Asia y China tienen sus propios reventones pendientes. De ahí que la búsqueda se desplace a terceros países con moneda propia y menos regulación.
El obstáculo que nadie esconde es la edad. Quien tiene 50 años lo dice sin rodeos: con veinte o treinta habría huido, pero a esta altura la operación se complica. La respuesta que recibe es que la edad es una excusa y que el patrimonio y la integridad física son los primeros objetivos de lo que viene. El cálculo, en cualquier caso, no es solo económico: hay quien reconoce que vive bien aquí y aun así quiere ver otra cosa.
La advertencia que frena a los más lanzados
No todo son ánimos. La objeción más repetida es que cualquier intento de organizar una solución colectiva acaba con los promotores en la cárcel, y que las alternativas de corte comunitario son un plan sin fisuras solo sobre el papel. La comparación con experiencias extranjeras de autogobierno se usa como espejo, pero también como recordatorio de que hacen falta años de organización previa.
El otro freno es la contradicción que señala un interviniente con retintín: quejarse de que llegan migrantes y luego irse a vivir a un país latinoamericano. La respuesta implícita es que el problema no es la gente, sino el sistema que aquí se ha construido. Nadie cierra el círculo.
Con estos mimbres, lo llamativo no es que alguien quiera irse. Es que la conversación haya dejado de ser una boutade para convertirse en una lista de precios, ciudades y trámites. Y que, aun así, la mayoría siga escribiendo desde aquí.