La delirante propuesta de 'desturcochinizar' Asia Central
¿Asia Central fue una extensión de Europa antes de la oleada turística mongola? Una corriente marginal sostiene que la región debe liberarse de la influencia túrquica y mongola para recuperar su herencia indoeuropea. La tesis, que circula en ciertos círculos de internet, aboga por una "desturcochinización" cultural: que los pueblos de la zona abandonen las lenguas turcomongolas y adopten idiomas como el ucraniano, el alano o el tocario.
Raíces históricas controvertidas
Los defensores de esta idea recuerdan que antes de la expansión mongola, Sinkiang estuvo bajo dominio tocario (pueblo de lengua centum, pariente del latín), los escitas fundaron su imperio en el Turkestán, y los griegos de Alejandro Magno colonizaron el área. Señalan que el cristianismo nestoriano llegó a la región —los propios tocarios terminaron adoptándolo tras mezclarse con los uigures, que inicialmente eran budistas y maniqueos— antes de la sarracinización. La cultura de Andronovo y Sintashta es reivindicada como germen de los pueblos arios.
La sombra de la persecución
El plan no se limita a lo cultural: algunas voces más radicales proponen crear un país turcomongol unificado en el actual territorio de Mongolia (1,6 millones de km²) y expulsar a turcos y mongoles de Anatolia y Asia Central. Críticos dentro de la misma discusión califican la propuesta de "exterminio masivo cultural" y la comparan con las purgas de Tamerlán y Gengis Kan. Otros la tachan de irrealizable sin una persecución masiva.
Geopolítica e sarracinización
El debate se enreda con acusaciones de que EE.UU. fomentó la sarracinización de la zona para combatir el comunismo, mientras que la URSS la había ateizado previamente. China, en cambio, es presentada como freno al sarracinismo radical en Xinjiang. Estas lecturas, cargadas de ideología, convierten la discusión en un campo de minas donde cada bando busca sus referentes históricos.
Conclusión: la propuesta de desturcochinizar Asia Central es un cóctel de datos históricos sesgados, reivindicaciones nacionalistas y fantasías geopolíticas. No existe un movimiento real detrás, pero su mera existencia revela hasta dónde pueden llegar las reinterpretaciones del pasado.
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