Vox y la VIOGEN: cuando la promesa incumplida fractura al votante de derecha radical
La escena se repite cada vez que Santiago Abascal toma la palabra en el Congreso: una parte de la bancada mira con devoción, otra aprieta los dientes. Esta semana, el líder de Vox defendía la posición de su partido sobre la violencia de género, y fuera del hemiciclo las redes ardían. “Abascal da entre vergüenza y asco”, resumía un usuario anónimo. El motivo: Vox ha aceptado, en la práctica, la ley VIOGEN, la misma que prometió derogar.
La controversia no es nueva, pero ha alcanzado un punto crítico en junio de 2026. Vox mantiene su postura oficial: rechaza el concepto de “violencia de género” por considerarlo ideológico y defiende una ley neutral de “violencia intrafamiliar”. Sin embargo, en los gobiernos autonómicos donde tiene presencia —Extremadura, Castilla y León, Aragón— no ha incluido la derogación de la VIOGEN entre sus exigencias. “Vox rompió el anterior gobierno porque no podía tragar con el PSOE azul; ahora se ha rendido a él para tocar poder”, se escucha en el análisis de su base más crítica.
El dilema del voto útil frente a la pureza ideológica
Una corriente de opinión defiende que el pragmatismo es inevitable. “Sin un Vox fuerte no aparecerá un partido más puro”, argumentan, señalando el caso italiano: Meloni fue creada para cerrar el paso a Salvini, y después llegó una formación aún más a la derecha. Según este razonamiento, Vox es la madre del cordero: cuanto más grande, más espacio abre para alternativas más radicales. La otra opción es que el gobierno de izquierdas siga “inventando nuevas formas de VIOGEN”.
Pero la otra cara de la moneda es la decepción. “Vox ha ido enterrando uno a uno todos los temas salvo la inmigración”, resume un análisis que recorre el hilo. El partido que en 2018 irrumpió con un discurso rupturista en lo económico, lo social y lo identitario se ha convertido, según sus detractores, en “un PP con aficiones taurinas, poca cultura y malos modos”. La inmigración es el único comodín que les queda para movilizar, y eso, advierten, agota.
¿Qué dice la posición oficial de Vox?
La postura de Vox sobre la violencia de género, a fecha de junio de 2026, no ha variado formalmente. Rechazan la ley VIOGEN porque, sostienen, “establece tribunales de excepción según el sexo del agresor/víctima”. Proponen en su lugar una ley de violencia doméstica que proteja por igual a todos: mujeres, hombres, niños, ancianos. Sin embargo, esa propuesta no se ha traducido en iniciativas legislativas en las comunidades donde gobiernan, lo que alimenta la sensación de que la renuncia es táctica, no ideológica.
Los pactos con el PP han sido el caballo de batalla. En Castilla y León, por ejemplo, Vox condicionó su apoyo a la eliminación de las bonificaciones a la contratación femenina en sectores subrepresentados, pero no logró incluir la revisión de la VIOGEN. “Mañueco vive cómodo asentado en el feminismo, ahora avalado por Vox”, ironizan los críticos.
El dato que descoloca
Con todo, el descontento no se traduce en una fuga masiva de votos. “Los abstentontos sois basura con Dunning-Kruger”, espetaba un defensor de Vox a los que amenazan con no votar. La razón es que la alternativa no es más atractiva: la opción de no votar o votar a formaciones marginales como Alvise (que sigue en la recámara) solo garantiza más tiempo de gobierno del PSOE. Mientras tanto, Vox sigue siendo, para muchos, la única posibilidad de hacer daño al sistema.
El diferencial entre la promesa inicial y la realidad de gobierno ha creado una brecha que, según el estado del debate, sigue abierta. Y lo peor para el partido de Abascal es que, cuanto más pase el tiempo sin derogar la VIOGEN, más difícil será explicar a su base que esa traición era necesaria.