Cuba se apaga: apagones totales y hambre sin cartilla
¿Cuánto aguanta un país sin electricidad, sin comida en las estanterías y sin nadie que le preste un duro? La respuesta que se dibuja en el caso cubano es incómoda: bastante más de lo que debería. El sistema eléctrico de la isla ha llegado a colapsar por completo, con todas las termoeléctricas y generadoras fuera de servicio y un aviso aeronáutico emitido para los aeropuertos del país, según los testimonios que circulan sobre el terreno. La dictadura, dicen quienes siguen la actualidad de la isla, admite ya lo que llevaba años negando: que el dinero se lo llevan unos cuantos.
La escena cotidiana no es un reportaje de catástrofe. Es la vida normal de un país que se cae a pedazos. En muchas calles del centro de La Habana la gente camina por la calzada porque las aceras son peligrosas: los balcones se desprenden y las casas se derrumban literalmente. El agua de las playas parece limpia, pero está contaminada: no hay colectores, ni emisarios, ni depuradoras en funcionamiento. Los camiones de basura no se mueven y los vertederos no reciben nada. Al borde de cualquier epidemia, con los que protestan recibiendo disparos y el silencio del mundo como banda sonora.
¿Por qué Cuba vive de la mendicidad internacional?
El diagnóstico económico es demoledor y no admite muchas interpretaciones. Cuba no produce nada relevante y lo poco que produce no le interesa a nadie. Su economía real se sostiene sobre tres patas que no son producción: las remesas de los emigrados, el turismo y el alquiler de sus recursos a empresas extranjeras. Con esas tres fuentes apenas se cubre una fracción del producto interior bruto, y la balanza comercial es un desastre crónico.
El problema de fondo, señalan los análisis más duros, es que Cuba no paga a nadie. Vive del mendigueo y del lloriqueo internacional, de la ayuda que llega de fuera y de los envíos de quienes se fueron. Esa dependencia explica por qué el país no arranca: sin crédito, sin inversión y sin confianza, no hay forma de levantar un aparato productivo que lleva décadas desmantelado.
El resultado se mide en estómagos. La ONU fija el umbral de pobreza en 1,30 dólares al día. En Cuba, según los datos que se manejan, ni siquiera se llega a la mitad. Un jubilado cobra entre 3 y 4 dólares al mes. La cartilla de racionamiento, ese símbolo del modelo, ya ni existe: las bodegas estatales están vacías desde hace más de tres años.
Apagones, crimen y una noche que recuerda a la Roma del 600
La red eléctrica es el síntoma más visible del colapso. Los cortes se prolongan durante horas todos los días y ya no perdonan ni a La Habana, que durante años vivió ajena al apagón perpetuo del interior. Un país sin energía es un país muerto, y la criminalidad prolifera al ritmo que se va la luz. Con la oscuridad crece el peligro en las calles: pasear de noche por la capital exige escolta o una buena dosis de suerte.
Los cubanos, con ese humor ante lo trágico que les caracteriza, han rebautizado el fenómeno. No tienen apagones, dicen, tienen alumbrones: esas pocas horas a la semana en que vuelve la corriente. La ironía es la única moneda que no se devalúa.
¿Se puede comparar Cuba con Haití o con la Europa del Este?
Aquí las opiniones se dividen. Hay quien ha estado varias veces en Haití y sostiene que, siendo África en el Caribe, aquello sigue estando mejor que Cuba. Otros miran a Europa del Este y se permiten un optimismo moderado: países que sufrieron lo mismo salieron adelante en quince años y hoy algunos amenazan con superar a España. La diferencia, apuntan, es que allí el sistema cayó y aquí no.
La comparación con Ucrania también aparece, aunque en un sentido distinto: hay quien sostiene que los cubanos están mejor que los ucranianos. El dato, lanzado así, descoloca. Pero mide cosas distintas: no es lo mismo un país en guerra que un país en paz que se muere de hambre y de abandono.
¿Por qué no hay una revolución en Cuba?
La pregunta recorre toda la conversación. La respuesta más repetida es también la más antigua: las revoluciones solo triunfan donde entran armas extranjeras para apoyar. A los cubanos descontentos no les está enviando nadie armamento, y sin eso no hay sublevación posible. Lo primero que hizo el gobierno revolucionario tras derrocar a Batista fue desarmar a la población. Con ganas pero sin armas no se hace nada.
Hay quien añade un factor cultural: el cubano idolatra mucho, hace poco y especula demasiado. Siempre busca un mesías que le resuelva el problema. La isla, recuerdan, no luchó su independencia hasta el final, se la dieron los americanos, y tampoco ha luchado por su democracia. En sus doce años de historia libre no llega a ocho de democracia. Siempre dictadores, revoluciones y gobiernos tutelados.
Frente a esa tesis, otra corriente defiende lo contrario: una cosa son los pueblos y otra los individuos. En Cuba, como en cualquier sitio, hay gente excepcional. Y si eres de esos y te tocó nacer allí, o medras en el lado de los opresores o eres digno y te vas. Hacer una revolución en soledad es inmolación inútil. Por eso huir no es cobardía: es la única salida razonable para quien no quiere ser cómplice.
El turismo que no compensa la sangría
La comparación con España aparece en el análisis migratorio. Un alemán que sube los precios de los pisos en Mallorca no sale de las zonas turísticas y, sobre todo, gasta en España la pensión que le paga el Estado alemán. Turismo significa transferencia de dinero extranjero hacia dentro: saldo positivo. La inmigración que usa visados turísticos en fraude de ley funciona al revés: transfiere dinero español hacia fuera. Saldo negativo. La distinción, aplicada a Cuba, explica por qué el país no levanta cabeza ni con visitantes.
La pregunta inicial era cuánto aguanta un país sin luz, sin comida y sin crédito. La respuesta, a la vista de los datos, es que aguanta mientras alguien desde fuera pague la factura. El día que dejen de llegar remesas, turistas y ayuda, el experimento se sabrá por fin cuánto duraba de verdad.