Galleta María: el dulce que divide a España entre la nostalgia y el angustia
¿Hay algo más triste y soso que una galleta María? La pregunta, lanzada en un debate sobre consumo responsable, ha desatado una guerra de trincheras entre quienes la defienden como placer sencillo y quienes la comparan con un puñado de tierra. No es una cuestión baladí: detrás del debate sobre su sabor se esconde una discusión sobre la identidad culinaria española, la calidad de la industria alimentaria y la nostalgia de una época de escasez.
Un invento inglés que se hizo español
La galleta María nació en Inglaterra en el siglo XIX, pero su verdadera patria es la península ibérica. Tras la guerra civil española, se convirtió en el dulce de referencia por su bajo coste y su facilidad de fabricación. Hoy se consume principalmente en España y Portugal, mientras que en Francia apenas aparece como producto de importación. Su éxito se debe a que es barata, dura y cunde: una combinación perfecta para tiempos de escasez. Es, en palabras de un analista, el tipo de galleta más productiva en calidad-precio.
¿Sabe a tierra o a placer?
Las opiniones están divididas. Hay quien sostiene que sabe a tierra, a vómito, y que es el fruto de una época sin innovación. Otros, en cambio, la defienden mojada en leche, untada con mantequilla o incluso con chorizo. El hecho de que haya que añadirle mil cosas para que sepa bien es, para los críticos, la prueba de que por sí sola no tiene sabor. Para sus defensores, esa simplicidad es precisamente su virtud: un placer sencillo que no necesita artificios. La comparación con otros dulces, como el sequillo –harina con sebo rebozada en azúcar–, solo añade leña al fuego. Hay quien recuerda que de niño las comía con mantequilla haciendo una especie de oreo gigante, o con margarina y mermelada. Otros, más atrevidos, las untan con chorizo. La creatividad no tiene límites, pero el sabor original sigue siendo cuestionado.
La calidad en declive
Desde la esa época en el 2020 de la que yo le hablo, la calidad de las galletas industriales ha bajado. Los fabricantes, para mantener precios, han reducido ingredientes como el cigot o la miel y han aumentado el azúcar. El resultado es que cualquier galleta sabe a dulce sin matices, y la diabetes sigue subiendo. La galleta María no es una excepción: lo que antes era un producto sencillo, ahora es un producto empobrecido. Se menciona también que las napolitanas y las campurrianas han sufrido el mismo destino, con menos cigot y menos miel.
La guerra regional: meseta contra levante
El debate trasciende el sabor. Para algunos, la galleta María encarna el espíritu de la meseta: sobrio, austero, casi cavernícola. En el levante, en cambio, se prefieren los bollitos de toña y los churritos, más variados y coloridos. Se menciona también que la magdalena, tan criticada, es en realidad un invento francés que llegó a España por el Camino de Santiago. Y en la comparación con los dulces de otras culturas, se argumenta que la sobriedad castellana es una virtud, no un defecto. Mientras tanto, en Viena, Nápoles o Marrakech, las pastelerías ofrecen una infinidad de dulces que nada tienen que ver con la austera galleta. Algunos defienden que la sobriedad castellana es una cuestión de carácter, no de falta de recursos, y que con una sopa de ajo, un trozo de pan y unas galletas se puede vivir a cuerpo de rey.
Quizás la galleta María no sea más que un espejo de una España austera que sobrevive con poco. Pero mientras unos la mojan en leche y otros la untan de mantequilla, el debate sigue abierto. Y eso, al menos, no es soso.