Subir el SMI a 2.000 euros: el coste según el cálculo de un forero
¿Cuánto hay que cobrar para vivir con el salario mínimo? La respuesta oficiosa que recorre medio país es que con el SMI actual, situado en
1.100 euros al mes, no llega para vivir. Y sin embargo la queja más repetida no es que sea bajo: es que lo suban. La paradoja es el corazón del asunto. Una subida del salario mínimo que debía contentar a los que menos cobran ha terminado enfrentando a quien gana 1.100 con quien gana 1.500.
¿Por qué la subida del SMI molesta a quien gana 1.500 euros?
Porque le acerca el suelo. El argumento más repetido es que la subida solo toca a los que ya cobran el mínimo, y que ese colectivo es el mismo que ya se beneficia de otras ayudas públicas. El padre de familia que ingresa mil y pico euros, sostiene esa tesis, no ve nada. Lo que ve es que su vecino se le pone a tiro.
Ese es el efecto que menos se nombra: la
compresión salarial. Cada vez que el suelo sube, el que estaba un escalón por encima pierde distancia, y con la distancia se le va la sensación de haber escalado algo. La queja no es económica, es de estatus. Y se disfraza de análisis.
Hay una segunda lectura, menos confortable: quien defiende la subida argumenta que el problema no es el suelo, es el techo. Con precios de vivienda y alimentación creciendo a un ritmo que el salario no sigue, subir 60 euros mensuales se queda en anécdota. Un cálculo que circula en la conversación lo resume: con los precios disparados, 60 euros no cubren ni una compra semanal ni la factura de la luz.
El coste real de un SMI de 2.000 euros netos
Aquí es donde el debate se vuelve aritmética y se acaban las consignas. Según el cálculo que hace un forero, un salario de
2.000 euros netos exige un bruto de al menos
2.500 euros, en función de la situación familiar, y sumando cotizaciones sociales el coste para la empresa se va a unos
3.500 euros al mes.
La conclusión que extrae quien hace ese cálculo es incómoda para el relato: subir el SMI sin tocar otras variables —gasto público, cotizaciones, presión fiscal— condena al cierre a buena parte del tejido empresarial pequeño. No porque los empresarios sean malvados, sino porque, como se ejemplifica en el hilo, un autónomo con un chaval ayudándole en la carnicería no puede pagarle de golpe 2.000 euros netos al mes. Ese desglose sorprende a quien todavía cree que el SMI solo lo paga el que lo cobra.
¿Por qué las fresas cuestan lo mismo con jornales de 500 que de 2.500?
Es la pregunta que rompe el argumento más simple. Según sostiene un participante, en España se pagan
500 euros por recoger según qué frutos, y el producto acaba en la estantería al mismo precio que en países donde ese trabajo se paga
2.500. Si el coste laboral mandara, la fruta importada debería ser prohibitiva. No lo es.
La explicación que se da es la importación: gran parte del producto llega ya de países como
Perú, en avión, y el salario nacional deja de ser determinante. El corolario es demoledor para las dos trincheras. A quien pide subidas por decreto le recuerda que el mercado laboral no funciona como un grifo. A quien dice que el coste se traslada a precios le recuerda que ese mecanismo tampoco es automático.
Inflación, turismo y competitividad: los tres argumentos de fondo
El bloque crítico con la subida se apoya en tres patas. La primera: lo que de verdad aumenta el poder adquisitivo es bajar impuestos, no elevar por ley la nómina. La segunda: subir el SMI es inflación a medio plazo, porque el coste se traslada. La tercera: el turismo es la principal fuente de ingresos del país, y encarecer la mano de obra lo debilita.
La contrarréplica no se queda corta. La inflación ha subido en todo occidente con independencia de que los salarios mínimos hayan subido o no, así que atribuirle la escalada de precios al SMI es confundir la coincidencia con la causa. Y el escenario que dibuja el bloque crítico —
si sube el SMI, todo se encarecerá— lleva décadas anunciándose sin cumplirse con esa literalidad.
¿Cuánto debería subir el SMI para recuperar el poder adquisitivo de los 90?
Alrededor de
2.500 euros, según el cálculo que maneja un participante al comparar el salario mínimo con el de hace tres décadas: para tener el poder de compra de los años 90 haría falta más del doble del actual. No es una reivindicación, es una resta.
Ahí aparece el recuerdo más incómodo del hilo. Hubo una época con el SMI en
400 euros en la que los chavales dejaban de estudiar para ponerse a trabajar, los informáticos cambiaban de empresa cada seis meses mejorando sueldo y en las obras se veían coches que hoy no se ven. La conclusión que se extrae: la prosperidad la trajo la actividad económica y la escasez de mano de obra, no el decreto.
El consenso que nadie quiere firmar
Lo más llamativo del conjunto es que el argumento liberal clásico lo suscriben personas que se declaran abiertamente no liberales. Y no por convicción ideológica, sino porque los ejemplos están a la vista: países con salarios mínimos inflados por decreto no se han convertido en Noruega, y economías vecinas con mínimos muy inferiores no son más pobres por eso.
Que el SMI sea una decisión política y que los impuestos sean otra decisión política están fuera de discusión. Que eso convierta a un país en rico es otro asunto. Nadie ha explicado todavía cómo se pasa de un suelo de 1.100 a otro de 5.000 sin que la factura aparezca en algún sitio.
Puestos a decretar, pongámoslo en 20.000 y que cada uno se compre su coche de lujo. Es raro que a nadie se le haya ocurrido antes.