Cenar fuera es comer recalentado del Makro a precio de restaurante
Un paseo por el centro de cualquier ciudad española ofrece la misma carta clonada: baos, gyozas, smashed burgers, torrijas «caseras» y un coulant de chocolate «superoriginal». La mayoría de esos platos salen del mismo proveedor, Makro, y solo necesitan una freidora, una plancha y un microondas. El cliente, eso sí, paga el triple que si se los hiciera en casa, y con la sonrisa del camarero como único ingrediente artesanal.
El catálogo de Makro como carta de restaurante
La lista de productos es tan reconocible como la de cualquier tienda de conveniencia: gyozas «caseras», baos, chupachups de foie, alcachofa confitada, pastrami «al estilo de Katz», torrijas, tarta de queso y el inevitable coulant. Todo está disponible en Makro para el hostelero que quiera montar una cocina con una freidora, una plancha y un microondas. La carta se escribe sola: basta con poner nombres sugerentes y presentar el plato como si la cocina hubiera trabajado horas.
La economía oculta del precocinado
La diferencia entre el coste y el precio de venta es el verdadero negocio. Un coulant de chocolate comprado en Makro a 1,16 euros por pieza se vende a 16 euros tras 40 segundos en el microondas. Más sangrante si cabe es el caso del cochinillo: el proveedor lo entrega a 8 euros por plato, y el restaurante lo cobra a 17. No es que la comida «no se curre»; es que el chimpancé que lo sirve no está en la cocina, sino en la mesa que paga el margen del alquiler.
Quinta gama: ¿el fin de la cocina o la evolución del negocio?
Hay quien defiende la quinta gama con argumentos sólidos: evita el desperdicio, garantiza una calidad constante y reproduce a escala industrial el mismo proceso que haría un cocinero tradicional. La aparición de cocinas centrales y la técnica del sous vide han profesionalizado el sector hasta el punto de que incluso restaurantes de alta gama lo usan. El problema no es la tecnología, sino la falta de transparencia: el cliente paga por una artesanía que no existe, y el relato de lo «casero» se convierte en marketing.
Cómo detectar (y evitar) el restaurante precocinado
La experiencia acumulada ofrece algunas pistas: los locales de toda la vida, las casas de Galicia, las cofradías de pescadores y los restaurantes de carretera suelen resistirse a la moda. También los negocios familiares con la abuela en la cocina. En cambio, los establecimientos con carta idéntica, personal que no sabe explicar los platos y precios desorbitados por «especialidades» que parecen salidas de un catálogo deberían poner en alerta a cualquier consumidor.
El dato que descoloca: el coulant de 16 euros es el mismo que cuesta 1,16 en Makro. La diferencia entre ambos precios no es la cocina, sino el escaparate, el alquiler y la decoración de Instagram. La próxima vez que le ofrezcan un plato «casero» a precio de lujo, pregunte cuántos segundos llevó prepararlo en el microondas. La respuesta probablemente no esté en la carta.