La mendicidad no ha desaparecido: ha cambiado de barrio
El debate sobre si las calles españolas se han quedado sin mendigos ha resurgido con fuerza. Mientras algunos aseguran que hace años que no ven a nadie pidiendo limosna, otros describen aceras llenas de colchones y personas durmiendo a la intemperie. La pregunta no es menor: ¿está funcionando el Ingreso Mínimo Vital o simplemente estamos mirando a otro lado?
En Madrid, el centro sigue mostrando una realidad incómoda. Hay quien sostiene que muchos de los que duermen en la calle rechazan las ayudas y los albergues, y que su prioridad no es un techo sino mantener su libertad, aunque eso signifique dormir a la intemperie con una botella de vino barato. Una descripción que choca con la imagen del mendigo clásico que pedía en la puerta de una iglesia.
En Sevilla, el diagnóstico es el contrario: la mendicidad se ha disparado. Algunos análisis apuntan a que el clima cálido facilita vivir en la calle, y que la limosna se ha convertido para algunos en un complemento económico en negro, sin control de Hacienda ni de inspección. Una visión cruda que, sin embargo, convive con otra realidad: la de los enfermos mentales que vagan sin tratamiento y sin red.
La única certeza es que la percepción depende del barrio y de la ciudad. Mientras unos no ven mendigos, otros cuentan hasta tres en una zona residencial tranquila. El Titanic tampoco veía icebergs.