El hombre que lleva 17 años sin trabajar y no piensa volver
Un español de 47 años cuenta su vida: dejó de trabajar a los 30, con el nacimiento de su hija, y desde entonces no ha tenido un empleo estable. Vive de ayudas públicas, de la venta de la parte de un piso familiar y de la contribución de su pareja. No se arrepiente. Dice que no piensa volver. Su relato ha abierto una grieta en el debate sobre el mercado laboral: ¿victimismo o elección racional ante un sistema que ofrece poco?
El caso es más común de lo que parece. Las reacciones a su historia muestran que no es un bicho raro. Hay quien le aplaude, hay quien le desprecia, pero todos reconocen que su situación es la fórmula matemática de la precariedad acumulada.
La FP II que no sirvió: la promesa incumplida
En los años 90, se sacó una FP II de delineación. «Era jodidamente difícil encontrar algo de eso», recuerda. Sin enchufes, la única salida era la hostelería, donde cobraba el mínimo legal y a menudo sacaba las castañas del fuego al jefe sin que este lo reconociera. La formación profesional, que debía ser su pasaporte a un empleo cualificado, quedó en papel mojado. Un clásico español: los títulos que no abren puertas.
La oposición frustrada y el descenso a los infiernos precarios
A los 30, con una hija recién nacida, vendió su parte del piso familiar y se lanzó a estudiar una oposición para la AGE. La crisis se le vino encima. El plan se truncó y a partir de ahí comenzó una espiral de trabajos de un mes, dos como mucho, cursos sin valor y envíos de currículos a la nada. «Hace años que no busco a mis amigos del pasado pero diría que un 100% están igual que nosotros», dice. Esa frase resume la epidemia invisible: una generación entera que se quedó fuera.
El debate: ¿aprovecharse del sistema o sobrevivir al sistema?
Las posturas son irreconciliables. Por un lado, los que defienden el trabajo como valor supremo y ven en este hombre a un «vago» que vive del esfuerzo ajeno. Por otro, los que consideran que el mercado laboral es un campo de minas y que salirse es la única jugada inteligente. Entre medias, un dato que desmonta muchas simplificaciones: en su entorno, la mitad de los que tienen entre 40 y 45 años no llegan a 10 años cotizados. Si la mitad de una generación no cotiza, el problema es del sistema, no de los individuos.
La negativa a volver: cuando la precariedad se vuelve racional
«Si volviera, acabaría en la cárcel o destrozado», ha afirmado. No es un exabrupto, es un cálculo. Con su historial, cualquier empleo sería igual de precario, y el coste en salud y tiempo es demasiado alto. Él presume de no necesitar nada: bebe tres litros de cerveza al día, fuma solo por la noche, duerme como un lirón y disfruta paseando con su hija, que estudia para neuróloga. En su balance personal, el tiempo libre vale más que un sueldo de 600 euros. Esa es la parte incómoda del asunto: para algunos, la vida sin trabajo se ha vuelto deseable.