Tormentas de agosto: el eterno apocalipsis que nunca es nuevo
Llevamos al menos 40 años leyendo cada agosto el mismo titular: tormentas “históricas”, “nunca vistas”, “apocalípticas”. La memoria estacional de cualquier español con medio siglo a cuestas lo desmiente. Pero la maquinaria del miedo climático no entiende de memorias.
Superceldas, domos y ciclogénesis: el vocabulario del pánico
Este año a los términos habituales —domo de calor, ciclogénesis explosiva— se ha sumado la supercelda, presentada como una rareza extrema. El matiz es menor: en España seguimos sin ver una sola, pese a que los medios llevan semanas anunciándolas. La narrativa se nutre de imprecisión y etiquetas sonoras, no de meteorología.
Frente a eso, el dato incómodo: las tormentas a finales de agosto son tan viejas como las vacaciones de los españoles. Quien tenga 40 años lo confirma. Y quien quiera negarlo, que explique por qué cada verano se repite la misma ceremonia del “fin del mundo” con el calendario en la mano.
El negocio de la atención meteorológica
La sospecha va más allá del clima: si la tormenta no da miedo, se fuerza el relato con un superlativo nuevo. El “haarpazo” del titular resume una corriente que ve en el alarmismo meteorológico una herramienta de control. No hay datos concluyentes, pero la coincidencia entre medios y expectación mediática resulta, como mínimo, curiosa.
La pregunta queda abierta: ¿por qué cada agosto nos venden el mismo apocalipsis como si fuera el primero? La respuesta, probablemente, no está en el cielo.