Muere Ibáñez, el dibujante al que no hizo falta un ministerio
Varios usuarios lamentaron al hilo que ninguna estación de tren lleve su nombre ni que un gran premio institucional lo reconociera en vida. Aun así, basta una silueta de negro, unos botones imposibles y un cuello elástico para que, como apuntan varios lectores, cualquier español nacido después de 1960 reconozca a Mortadelo en cuestión de segundos.
Francisco Ibáñez ha fallecido en Barcelona a los 87 años, según ha comunicado su editorial, Penguin Random House Grupo Editorial, en un mensaje que arranca con «enorme tristeza».
La noticia cerró el día con una oleada de homenajes de lectores. Solo adultos recordando qué leían de niños. Y una pregunta que sobrevoló el hilo: cómo un tipo que dibujó a media España durante seis décadas parece haber pasado relativamente discreto por los altares culturales del país.
Quién era Francisco Ibáñez y qué personajes creó
Dibujante e historietista,
Ibáñez firmó a Mortadelo y Filemón, a Pepe Gotera y Otilio, al Botones Sacarino y a los vecinos del 13 Rue del Percebe. Su nombre va unido a la edad dorada del tebeo español y a la editorial Bruguera, donde las historietas se producían casi en cadena.
Para varias generaciones, el gran regalo de Reyes era un Súper Humor. «Recuerdo que cuando era crío un Súper Humor era el bien más preciado en la superficie de la Tierra», escribió alguien al conocer la noticia. No es nostalgia de abuela: habla de un mercado popular, masivo y sostenido, anterior a la televisión de pago y a las tabletas.
Por qué el 13 Rue del Percebe era algo más que un cómic
Hay quien sostiene que
13 Rue del Percebe es uno de los mejores retratos sociológicos de la España urbana jamás dibujados. El plano fijo del edificio, con su portera, su tendera, su chapuzas y su oficina, funcionaba como una radiografía en viñetas de la vida de barrio: la vecina que todo lo oye, el funcionario que no hace nada, el profesional que da gato por liebre.
Esa mirada de cronista —los políticos, los empresarios, los oficinistas, los artistas— explica por qué su obra envejece mejor que muchos libros serios de la época. El humor aguantaba porque el retratado seguía existiendo.
El reconocimiento que nunca terminó de llegar
El propio homenaje póstumo dejó al descubierto, a juicio de varios foreros, una paradoja conocida:
el aplauso popular fue enorme y el institucional, mucho menor. Recibió cariño masivo en el Salón del Cómic de Barcelona, con colas kilométricas para una firma, aunque, según se apuntó en el hilo, la industria nunca lo valoró lo suficiente en vida. Se apunta, además, a que Ibáñez prefería dibujar antes que hacer vida social, algo que, para un forero, se acaba pagando en la industria del premio y la foto.
El asunto se enredó también en la cocina de la época: los cómics publicados con la firma del autor y otros que salían sin ella, las historietas producidas por equipos, el llamado
Bruguera Equip, o los dibujos de autores como los del estudio Vara. No está resuelto si todo lo publicado con su firma salió de su mano: en el hilo se especula con que en Bruguera llegaran a borrar su firma de algunos cómics, y mientras un forero sostiene que lo que llevaba la firma de Ibáñez era suyo, otro apunta al llamado
Bruguera Equip como posible autor de algunos trabajos.
Los dibujos animados que el propio autor desautorizó
A los más veteranos no se les escapa que la adaptación animada de los años 90 —y también alguna incursión cinematográfica posterior— quedó lejos del original.
Ibáñez llegó a llamar a aquellos dibujos «desanimados», y varios foreros los recuerdan como «horrorosos en todo, animación, voces, adaptación».
Lo que resiste es la obra impresa. Un homenaje espontáneo en Barcelona, un mural con Mortadelo y Filemón llorando en el barrio del Clot, obra de Miguel Ángel Pérez Manzaneque, recordó que el personaje ya no pertenece solo a quien lo dibujó.
Un luto que se cruzó con la política
Como casi todo en este país, el homenaje derivó pronto hacia la trinchera. Una parte del público lamentó que no se le hubieran dedicado antes calles o estaciones, comparándolo con el trato dado a otras figuras culturales. Otra parte aprovechó para discutir qué nombres merecen ocupar el callejero. Y hubo quien directamente se preguntó si Ibáñez era lo bastante «de un lado» o del otro.
Conviene decir lo obvio:
un dibujante que hizo reír a generaciones enteras no necesita pasaporte ideológico. El intento de etiquetarlo, en cualquier dirección, dice bastante más de quien lo hace que del propio personaje.
Qué queda del legado de Ibáñez
Queda una obra enorme, reeditada y leída en bucle por niños que ya son padres. «Creo que tengo aún en casa no menos de 100 ejemplares de Mortadelo y Filemón», cuenta alguien que se confiesa incapaz de tirarlos. «Eran mi infancia, los leía una y otra vez y cuando los terminaba empezaba otra vez desde el primero». Queda también una pregunta sin respuesta clara: por qué el nombre de Ibáñez tarda en subir a los lugares que sí se reservan a otros creadores.