Ucrania se queda sin siderurgia y Rusia sin gasolina
Rusia puede lanzar 13 misiles hipersónicos Zircon contra Kiev en 18 minutos y, a la vez, limitar a 60 litros el repostaje de gasolina en San Petersburgo. Las dos cosas son ciertas en el mismo tramo del conflicto, el que va de finales de agosto a comienzos de septiembre de 2026. Es la paradoja que mejor describe la guerra de Ucrania ahora: una capacidad de castigo industrial sin precedentes recientes y una economía doméstica que empieza a racionar carburante. Mientras, Kiev pierde el último sector pesado que le quedaba y traslada los archivos de sus tribunales fuera de la capital.
¿Qué fue a hacer el director de la CIA a Moscú el 25 de agosto?
John Ratcliffe aterrizó en Moscú sin aviso previo el 25 de agosto de 2026, a bordo de un C-17 con una cápsula móvil de comunicaciones seguras que, según las informaciones que se manejan, habría hecho su debut en Rusia. The Wall Street Journal sitúa el viaje en el terreno de una advertencia: Washington habría reunido información sobre supuestos planes de movilización rusa y de puesta a prueba de la determinación de la OTAN. Entre las analistas citadas aparece Beth Sanner, ex subdirectora de Inteligencia Nacional de Estados Unidos.
El detalle revelador no es la visita, sino lo que la rodeó. Se pidió a Ucrania que se abstuviera de atacar Moscú durante la estancia del jefe de la inteligencia estadounidense. Después, Putin ordenó una suspensión temporal de los ataques contra Kiev coincidiendo con la llegada de Steve Witkoff y Jared Kushner. En los análisis que se cruzan sobre el terreno aparece la misma sospecha: hay una negociación en marcha y lo único verificable es lo que se anuncia. Lo que se ofrece a cambio sigue sin aparecer en ningún comunicado.
13 Zircon en 18 minutos: qué cayó sobre Kiev
El paquete de ataque ruso sobre la capital ucraniana se describe con cronómetro: 13 misiles hipersónicos Zircon, ocho Iskander-M y dos KN-22 lanzados en 18 minutos, seguidos de Kalibr desde la zona del puerto de Novorossiysk y de la aviación estratégica. El recuento atribuido a fuentes ucranianas habla de unos 70 misiles en total, más drones Geran. Es un ataque de saturación clásico: no busca precisión quirúrgica, busca desbordar la defensa.
Sobre el resultado hay dos relatos antagónicos. Un participante calculaba que solo entre el 0,76% y el 1,15% de los artefactos volados por Ucrania en un fin de semana consiguió llegar a su objetivo, lo que presentaba como un éxito casi total de la defensa rusa. Otros replicaban que esa lectura ignora que entre lo lanzado hubo nueve misiles Flamingo y varios balísticos FP-9 Pelican, y que lo que decide una campaña no es el porcentaje de intercepción, sino qué instalación queda fuera de servicio.
La factura de un fin de semana de saturación
El coste del intercambio es el dato más incómodo. Un cálculo que circula en el seguimiento del conflicto estima que Ucrania —y por detrás, Europa— se gastó más de 100 millones de dólares en un fin de semana para que llegaran entre 9 y 15 drones. El ratio coste-daño, se insiste, es pobrísimo para quien pone en marcha esas campañas. La comparación con la Primera Guerra Mundial tampoco es retórica: el uso masivo de drones ha devuelto el conflicto a posiciones estáticas, donde la producción mensual pesa más que la maniobra.
Ucrania ya no tiene industria siderúrgica
El dato lo puso sobre la mesa Alexandr Vodoviz, director de la oficina del consejero delegado de Metinvest, la mayor empresa siderúrgica y minera ucraniana, en declaraciones a Financial Times: «A día de hoy, ya no tiene industria siderúrgica». La compañía admite que no sabe si las reparaciones llevarán días, semanas, meses o años. Los ataques sobre instalaciones industriales y logísticas de la periferia de Kiev —entre ellas almacenes de FedEx, usados según estas fuentes para logística militar— completan el cuadro.
A eso se suman objetivos de infraestructura fronteriza. El paso de Orlovka, con servicio de transbordador, quedó destruido en el Danubio, entre Ucrania y Rumanía, en lo que se lee como una señal contra el flujo de armas procedente de la OTAN. Y en la región de Odesa, el Ministerio de Defensa ruso sostiene haber destruido un lanzador Iris-T SLM, uno de los sistemas antiaéreos occidentales más valorados.
Por qué se raciona la gasolina en San Petersburgo
La escasez de combustible empezó en Moscú y saltó a San Petersburgo. Gazprom Neft reintrodujo un límite de 60 litros por repostaje y prohibió llenar más de un bidón; Tatneft limitó la venta de A-92 y A-95 a 50 litros. No es una anécdota de gasolinera: es el efecto visible de los ataques a refinerías y de la tensión logística, y una de las razones por las que la economía rusa deja de parecer blindada.
En paralelo, Rusia fabrica. La planta Alabuga-Volokno, de Rosatom, prevé ampliar para 2029 la producción de fibra de carbono de grado aeroespacial en 500 toneladas anuales, suficiente según esos documentos internos para unos 28.000 fuselajes adicionales de drones Geran al año, un 78% más sobre una capacidad actual estimada por encima de los 36.000 aparatos anuales. Es el otro lado del desgaste: el que se decide en una cadena de montaje.
Deserciones, evacuaciones y archivos fuera de Kiev
Los indicios de desgaste ucraniano se acumulan en los márgenes. Más de 80 soldados ucranianos han desertado en el estado alemán de Sajonia-Anhalt, una cifra que abre la discusión sobre si son ausencias temporales o solicitudes de asilo que Alemania devolvería. En Varsovia, el servicio de seguridad polaco detuvo a un ucraniano de 63 años, Serhiy P., por presuntamente colocar un artefacto explosivo bajo el vehículo de un directivo de la industria de defensa ucraniana en Irpin; el dispositivo no llegó a detonar por un fallo.
Desde Kiev llegan mensajes de traslado de documentos de tribunales y fiscalías fuera de la capital y recomendaciones a funcionarios para que evacúen a sus familias. En Odesa, una agente de aduanas resumía la situación doméstica con una pregunta incómoda: los sobrecostes de rehacer las cadenas de suministro no los pagarán los dueños de las cadenas, sino los trabajadores, con salarios más bajos y precios más altos.
Detrás de las cifras hay gente. En el mismo tramo de conversación aparece la factura de urgencias de un hospital de Manhattan: 3.000 dólares con seguro médico y 30.000 sin él por un cólico nefrítico. También la confirmación de que un seguimiento oncológico ha dado un PSA de cero, y el anuncio de alguien que deja de leer noticias del fin del mundo durante un par de semanas porque le está costando la salud.
El frente que nadie firmó: Europa y su factura energética
El gas natural europeo ha vuelto a niveles de la crisis energética de 2023, con el detonante añadido del «Día D económico» anunciado por Trump contra Irán, que amenaza con interrumpir el flujo por el estrecho de Ormuz. El diésel marca récords y golpea a transportistas y agricultores. La conexión con Ucrania no es retórica: la misma semana en que Kiev pierde su acero, Europa paga la energía.
Sobre la capacidad defensiva europea los análisis son duros. Se sostiene que un par de ataques de saturación como los recibidos por Kiev paralizarían España o Francia en cuestión de días, porque buena parte de los sistemas antiaéreos se enviaron a Ucrania y allí se han consumido. La declaración del secretario general de la OTAN —«Rusia no es más grande que Bélgica y los Países Bajos juntos, así que no pueden derrotarnos»— circula como ejemplo de optimismo mal calibrado. Al mismo tiempo, Putin recuerda que queda un tubo intacto del Nord Stream y cifra en 27,5 billones de metros cúbicos el gas disponible en él, con Alemania pagando la energía más cara por decisión ajena.
Quién aguanta más: el desgaste medido en acero, drones y años
La conversación ha girado, con el paso de las semanas, de la noticia de cada día a la pregunta estructural: quién puede sostener esto más tiempo. Una parte de los análisis sostiene que Rusia administra el ritmo, que no toca la Duma ni el palacio presidencial por cálculo y no por incapacidad, y que acumula ventaja industrial. Otras voces replican que se exagera cualquier golpe menor ucraniano y que el desgaste se mide en refinerías, no en titulares.
Los datos de inventario publicados por la inteligencia militar ucraniana —600 misiles Onyx, 450 Kalibr y 400 RM-48U en manos rusas— se leyeron en ambos sentidos: como prueba de que queda arsenal y como intento de desviar la atención de los ataques de esa misma noche. Sobre la naturaleza del sistema ruso también hay discrepancia: frente a la etiqueta de autocracia, se argumenta que funciona como una democracia tutelada con respaldo electoral y control estatal de los vectores estratégicos.
La guerra informativa: listas, bulos y datos sin verificar
Hay un frente que no dispara y hace daño igual. La publicación de datos personales de periodistas acreditados para trabajar en territorio controlado por las autoproclamadas repúblicas de Donetsk y Lugansk, atribuida al portal ucraniano Myrotvorets, provocó en su día la condena del entonces embajador de la Unión Europea en Ucrania, Jan Tombiński, y de la representante de la OSCE para la Libertad de los Medios, Dunja Mijatović. La base de datos sigue activa y sigue señalando nombres.
Del otro lado circulan con la misma facilidad materiales sin verificar: desde listados de víctimas de episodios concretos cuya composición se cuestiona hasta acusaciones de ataques de falsa bandera de las que nunca se aporta prueba. La regla en un conflicto así es simple y casi nadie la aplica: el dato que no se puede comprobar se cuenta como lo que es, una afirmación interesada, no como un hecho.
Con el acero ucraniano fuera de juego, la gasolina racionada en Rusia y las conversaciones de Moscú sin acta pública, la pregunta ya no es quién gana la próxima batalla. Es cuántos inviernos más aguanta quien financia la guerra desde la barrera.