Ucrania pierde su siderurgia y Rusia raciona la gasolina
Rusia ha conseguido en un mes lo que no logró en tres años y medio de invasión: dejar la siderurgia ucraniana al borde del colapso. Lo ha hecho mientras sus propias gasolineras limitan la venta de carburante en Moscú y San Petersburgo. Los datos que se manejan en la segunda quincena de agosto de 2026 dibujan una guerra donde el desgaste económico corre en las dos direcciones a la vez, y donde ninguno de los dos bandos puede permitirse presumir de victoria.
Ucrania se queda sin industria siderúrgica: el 90% de la producción, golpeada
Tres grandes productores siderúrgicos ucranianos fueron atacados y representaban el 90% de la producción nacional, según la versión que difundió Alexandr Vodoviz, jefe de la oficina del director general del grupo minero-metalúrgico Metinvest. Los misiles balísticos fueron dirigidos contra los altos hornos de tres plantas, dos de ellas de Metinvest y una de ArcelorMittal en Kryvyi Rih, la ciudad natal de Volodímir Zelenski. La propia compañía admitió que no sabe cuánto tiempo hará falta para reparar: «días, semanas, meses o años», en palabras de su responsable.
El caso más documentado es el de Zaporizhstal, que ha sufrido su tercer ataque en un mes y no ha reanudado la actividad desde los impactos del 11 y el 27 de agosto. Cuatro misiles balísticos dañaron las naves de alto horno y de horno martin, el sistema eléctrico, las redes y la infraestructura logística. En Kamenskoye, cerca de Dnipropetrovsk, quedaron tocados los altos hornos del complejo Kamet-Stali. La conclusión que se impone es incómoda: sin acero no hay reconstrucción, y sin reconstrucción no hay economía de guerra que aguante.
El racionamiento de gasolina ruso ya llega a San Petersburgo
El otro frente es el surtidor. Tras Moscú, la escasez de combustible alcanzó San Petersburgo, donde Gazprom Neft reintrodujo un límite de 60 litros por repostaje y prohibió llenar más de un bidón. Tatneft aplicó su propio tope: 50 litros para las gasolinas A-92 y A-95, los dos índices de octano estándar en Rusia. La información procede de un medio local en el exilio, y encaja con el recorte de la previsión rusa de producción de crudo para 2026 hasta su nivel más bajo en 17 años.
El contexto no es menor. Ucrania ha centrado parte de su campaña de drones en refinerías, y la de Kapotnya, la mayor de Moscú, figura entre los objetivos alcanzados. En el lado opuesto, la capital ucraniana ha visto desaparecer en torno al 10% de sus gasolineras, según los recuentos que circulan: ya no se trata de llegar y no encontrar producto, sino de llegar y no encontrar la estación.
La mayor oleada de drones ucranianos sobre Moscú
La noche más sonada del periodo fue la del ataque masivo ucraniano contra los alrededores de Moscú, previsiblemente la zona mejor defendida del país. Rusia afirmó haber derribado más de 1.600 drones, 450 de ellos dirigidos a la capital. Los impactos afectaron a la refinería de Kapotnya, a una planta térmica en Dzerzhinsky y a un almacén logístico en Sofiino, causaron dos muertos en la región de Moscú y obligaron a evacuar a 400 personas. Los aeropuertos de la capital impusieron restricciones de vuelo.
Buena parte del análisis reparte el mérito de forma desigual. Se sostiene que ha sido el primer ataque masivo con drones que le sale medio bien a Ucrania en esa zona, y al mismo tiempo se subraya que Rusia lanzó en una sola noche unos 70 misiles contra objetivos ucranianos, incluidos 13 hipersónicos Zircon, ocho Iskander-M y dos KN-22 en apenas 18 minutos, seguidos de Kalibr desde la zona portuaria de Novorossiysk.
Kiev, entre el humo y la falta de carburante
Kiev amaneció envuelta en humo y olor a quemado en la orilla derecha, con recomendación oficial de cerrar ventanas y reducir el tiempo en la calle. En 24 horas resultaron afectados edificios industriales y comerciales, una empresa agrícola, un centro educativo, líneas eléctricas y almacenes, con la mayor concentración de impactos en el distrito de Fastov. Entre los objetivos citados figuran almacenes de la empresa estadounidense FedEx, un centro de datos de Bi-Mobile y una planta donde se fabricaban sistemas de control para los misiles Flamingo, Neptun, FP-7 y FP-9.
Un ataque previo contra el edificio del SBU alimentó versiones incómodas para Kiev: medios ucranianos se hicieron eco de la hipótesis de que el dron impactó en el despacho del subdirector del servicio, Alexander Poklad, en pleno escándalo por su posible destitución. Son versiones publicadas, no hechos probados, pero el simple hecho de que circulen en la prensa local indica hasta qué punto se ha erosionado la confianza interna.
Sabotajes, deserciones y una guerra que se libra fuera del frente
Más de 80 soldados ucranianos desertaron en Sajonia-Anhalt, un dato que se lee en clave de agotamiento más que de traición. La fiscalización alemana de estos casos es un asunto abierto. En paralelo, el servicio de seguridad polaco detuvo en Varsovia a un ucraniano de 63 años, Serhiy P., sospechoso de haber colocado un artefacto explosivo bajo el vehículo de un representante de la industria de defensa ucraniana en Irpin por orden de los servicios de inteligencia rusos. La bomba no detonó por un fallo del dispositivo, según la acusación.
Alemania, por su parte, ha tratado como asunto de Estado el supuesto dron explosivo hallado en Leipzig, y medios germanos apuntan a que Berlín podría acusar formalmente a Moscú, lo que sería una de las primeras acusaciones de este tipo desde la Segunda Guerra Mundial. Hay quien lee toda esta secuencia de sabotajes en clave de operaciones de stay-behind: cuando el socio débil se tambalea, aparecen atentados que preparan a la opinión pública para algo peor.
Ratcliffe, Kushner y el plan que no arranca
En el plano diplomático, el movimiento más comentado fue la visita del director de la CIA, John Ratcliffe, a Moscú. Según lo publicado, su mensaje fue que en seis o doce meses la situación sería aún peor y que era hora de un acuerdo. La lectura que se hizo en el Kremlin, siempre según esas mismas fuentes, fue de debilidad. Diez días después, Rusia intensificó los ataques. Donald Trump anunció después el envío de Jared Kushner y Steve Witkoff a Moscú y Kiev con una propuesta para poner fin a la guerra.
Mientras tanto, el ministro de Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, calificó de gesto de buena voluntad la invitación a Zelenski para visitar Moscú, y el foro empresarial trilateral Rusia-Estados Unidos-Alemania quedó fijado para 2027, con decenas de solicitudes alemanas ya recibidas. El secretario general de la OTAN, Mark Rutte, resumió el ambiente con una frase que se ganó el escepticismo general: «Rusia no es más grande que Bélgica y los Países Bajos juntos, así que no pueden derrotarnos».
El gas que Putin dijo que se pagaría a 1.500 dólares
La guerra energética sigue jugando con ventaja rusa. Los precios del gas natural en Europa escalaron hasta niveles no vistos desde la crisis de 2023, con el estrecho de Ormuz como amenaza añadida tras el anuncio del «Día D económico» contra Irán. Vladímir Putin lo resumió a su manera: «Antes os vendíamos gas a 150 dólares por cada 1.000 metros cúbicos. Es demasiado caro, decíais. Ahora pagáis 1.000 dólares. Y, dado que las instalaciones de almacenamiento están vacías, el precio alcanzará los 1.500 dólares este invierno». También recordó que queda un tubo del Nord Stream sin dañar.
No todos los países del entorno europeo tienen el mismo problema. Se señala que Francia depende casi al cien por cien de las importaciones de crudo, mientras que el partido húngaro TISZA ha pedido a Washington una excepción para seguir comprando petróleo ruso, similar a la que obtuvo Viktor Orbán, con 5 millones de toneladas de crudo y 4.500 millones de metros cúbicos de gas en juego.
¿Se puede medir la guerra por la ratio de bajas?
Uno de los datos más repetidos es la proporción de 36 ucranianos muertos por cada ruso, atribuida a un exfuncionario del Departamento de Estado estadounidense. El corolario sería que Ucrania necesita unos 30.000 reclutas nuevos cada mes solo para reponer bajas, con las fuerzas atrincheradas en posiciones defensivas frente a artillería y bombas de precisión. Rusia, en esa lectura, avanza despacio a propósito para preservar infantería.
Frente a eso, la objeción más citada es que «lleva cuatro años derrumbándose pero no acaba por caer». Los avances rusos se cuentan por bolsas de terreno en Járkov y Sumy —hasta nueve en un solo día, según los mapas que se siguen— y hay quien anticipa infiltraciones de grupos aislados en Zaporiyia durante el invierno, si bien un comandante ucraniano matiza que serían grupos pequeños, no tropas entrando en la ciudad.
Con la siderurgia ucraniana fuera de combate, el carburante racionado en Rusia, el gas europeo camino de máximos y dos rondas diplomáticas que no han movido un metro el frente, la pregunta deja de ser quién gana la guerra y pasa a ser cuánto aguanta cada retaguardia antes de que el frente se mueva solo.