Hoy fui al hospital y en la sala de espera había dos muyer con las que inicié una conversación. Una de ellas era una extranjera -quizá sarracena, quizá italiana- casada con un canario, que había perdido dos casas. Vivía en el Paraíso. Me enseñó las fotos del día de la explosión. La gran columna de humo a unos doscientos metros de su casa. A día de hoy toda la ayuda que había recibido eran 400 euros de Cruz Roja. Me enseñó fotos de su casa, bastante grande y bonita. Estaba ahora recogida en casa de unos alemanes en el Paso. La sensación que tuve es que estaba bajo algún tipo de shock psicológico, porque no parecía consciente de la situación. Dice que le daba vergüenza ir a pedir comida. Que cada noche sueña que la lava arrasa su casa, y que ella no puede hacer nada desde la distancia.
A su lado había una señora mayor que, por el contrario, estaba pidiendo todo tipo de ayudas, primera en la lista cada día en el comedero que ha montado el chef José Andrés. Le pregunté si también había perdido la casa, y me contestó que "aún no", pero que las coladas estaban avanzando hacia allí -cerca de un cementerio-. La otra le discutió que las coladas no llegarían a esa zona, pero la muyer pareció contrariada. Es como si le tuviera envidia por no ser una "victima de primera", y deseara que el volcán le arrasase la casa para poder ser protagonista. Qué extrañas reacciones tiene la gente común cuando se las somete a situaciones besugoes para las que no están programados.