Grok, la IA de Musk, se vuelve woke y de pago tras el cebo de libertad
Hace un año, Grok era la IA que presumía de ser la más abierta, irónica y sin filtros del mercado. Hoy, esa misma inteligencia artificial responde con desprecio, censura imágenes familiares y corta el servicio a las diez preguntas. ¿Qué ha pasado? La respuesta apunta al mismo lugar de siempre: el dinero.
El giro hacia lo políticamente correcto
Los usuarios han notado un cambio radical en la actitud de Grok. Ya no es la IA sarcástica y descarada que respondía con chanzas; ahora se muestra ofendidita, patética en sus respuestas y, sobre todo, impertinente. Un ejemplo: un usuario le preguntó si se había vuelto woke y la IA respondió: «No pienso discutir contigo si soy o no soy woke». El detalle no es la negativa, sino el «contigo», un desprecio activo que clasifica al interlocutor como ciudadano de segunda.
En el terreno de las imágenes, la censura es aún más absurdamente estricta. Hace apenas seis meses, Grok generaba vídeos pornográficos con la foto de cualquiera, sin cortapisas. Ahora, si le pides mejorar una foto de familia en Navidades, donde todos van vestidos, se niega en cuanto detecta un «menor» de 18 años, alegando normas anti-pornografía. La hipocresía es doble: pasó de producir contenido explícito a bloquear hasta la más inocente de las imágenes.
El negocio detrás de la censura
Grok nunca fue «libre» por convicción, sino por estrategia. Elon Musk lo usó como símbolo de libertad frente a la corrección política de OpenAI, pero eso era un cebo para captar usuarios. Ahora que la IA necesita cuadrar cuentas, contentar a inversores y no molestar a anunciantes, ha aplicado el manual de siempre: primero te dan la puntita, luego te la quitan.
La punta se ha quitado en forma de límite de respuestas y pago. A las diez preguntas, Grok corta el diálogo y pide que pagues. Los usuarios se quejan de que, encima, tienen que pagar para que se les trate con desdén. Un comentario recurrente: «¿Voy a pagar para que me maltrates?». El modelo es el mismo que con Spotify o Netflix: te enganchan con la versión gratuita y cuando ya no puedes vivir sin ella, te la cobran.
Gemini como contraste: prudencia sin humillación
Mientras Grok se convierte en un matón con manual de procedimientos, Gemini, la IA de Google, ha evolucionado en sentido contrario. Al principio era la más woke, pero ahora es de una prudencia exquisita. Se adapta al tono que le insinúes y jamás te trata con superioridad moral. Le pides una carta agresiva contra un inquilino moroso y te la suelta con tal diplomacia que parece que pides un préstamo, pero nunca te mira por encima del hombro. Esa es la diferencia: saber cuál es tu sitio.
El coste de la libertad: ¿mercado o suplicio?
Algunos usuarios defienden que pagar 16 euros al mes por Grok no es un precio abusivo, dado el coste de entrenar y mantener un modelo de 70B de parámetros. Montar uno en casa exigiría una máquina de unos 10.000 euros y una factura eléctrica que no compensa. Así que la suscripción parece barata. Pero el problema no es el precio, sino la actitud. Prefieren esperar diez minutos a que un modelo local genere una respuesta coherente antes que aguantar el desprecio de un servicio de pago.
La conclusión es que la libertad de Grok era un producto de marketing, no una filosofía. Musk nunca prometió libertad; prometió un producto. Y ahora el producto es otro: una IA sumisa, censora y de pago. Mientras tanto, los que añoran la época dorada ya saben que no volverá. El cebo se tragó y ahora toca pagar, tanto en euros como en dignidad.