La gráfica de incendios que delata el abandono rural
El pico de incendios forestales en España no es un capricho del clima ni una conspiración política, sino la consecuencia económica de medio siglo de transformación del campo. La mecanización agraria de los años 60 vació los pueblos, y con ellos desaparecieron los pastos y cultivos que mantenían el monte limpio. Millones de hectáreas de terreno agrícola se convirtieron en masa forestal sin gestión, combustible perfecto para cualquier chispa.
La terciarización de la economía desde los 80 aceleró el proceso. Menos gente en el campo significa menos quema controlada, menos recogida de leña, menos uso de biomasa como fuente de calor. Lo que antes se quemaba en hogares y hornos, ahora se acumula. El resultado: cuando llega un verano seco, arde lo que ya no sirve para nada.
El dato que rompe el discurso oficial
Quienes señalan el gráfico olvidan preguntar por qué hay tanto que quemar. Cada hectárea que se deja de cultivar es una hectárea que alimenta incendios futuros. La Ley de urbanismo, al dificultar la quema de rastrojos y matorral, ha contribuido a engordar la biomasa. Y mientras, el gasto en extinción crece, pero la superficie forestal no para de aumentar. Es la paradoja española: cuanto más invertimos en apagar fuegos, más leña echamos al monte. Literalmente.
Con estos mimbres, cualquier intento de correlacionar el número de incendios con el cambio climático se queda cojo si no incorpora la variable del abandono económico. El campo no arde solo: arde porque lo hemos dejado morir de inanición.