Ingeniería civil o informática: la encrucijada de una generación
La ingeniería civil ya no es el pasaporte a la clase alta que fue. Tampoco la informática es el Eldorado que venden los gurús tecnológicos. Los datos disponibles dibujan un panorama matizado, donde elegir una titulación se ha convertido en una apuesta sobre el futuro del mercado laboral más que en una decisión vocacional.
El declive de la obra pública en España
Hubo un tiempo, entre 2006 y 2016, en que las constructoras españolas – Sacyr, ACS, FCC – se llevaban megaproyectos en el extranjero: el canal de Panamá, líneas de alta velocidad en Latinoamérica o autopistas en Europa del Este. Un ingeniero civil recién salido de la carrera podía empezar cobrando 35.000 euros anuales sin experiencia, y un oficial de obra llegaba a 3.000 euros al mes. Esa época se acabó. La competencia china y las empresas escandinavas han desplazado a las españolas. La obra pública interior no se ha recuperado tras el estallido de la burbuja de 2008. Ahora, muchos graduados en civil encuentran trabajo en ejecución de obra, pero con sueldos más ajustados y sin la movilidad social de antaño. La Universidad de Granada, que alberga una de las escuelas históricas de Caminos, mantiene el prestigio, pero la salida profesional se ha estrechado.
Informática: salarios de vértigo para una minoría
En el otro lado, la ingeniería informática ofrece cifras que marean: un ingeniero de machine learning en Londres puede cobrar 130.000 libras, un quant en finanzas supera las 200.000, y los bonos de fichaje de Meta para captar talento de OpenAI son mayores que los de Mbappé al fichar por el Real Madrid. Los informáticos mediocres en Google o Apple ingresan 250.000-300.000 dólares anuales. Pero eso es en el mercado global, no en España. Aquí, los sueldos de entrada rondan los 25.000-30.000 euros, y la precariedad es real: hay testimonios de ingenieros informáticos que acaban conduciendo Uber o encadenando contratos temporales en Telefónica. La promesa de la nómina extranjera choca con la dificultad de acceder a esos puestos.
El factor IA y la deslocalización
La inteligencia artificial se ha convertido en la gran amenaza para el 90% de los empleos de informática, según algunos análisis. Un programador que solo chapurree lenguajes puede ser reemplazado por una IA nativa en código, que además trabaja por un coste marginal cero. La competencia de profesionales de países con salarios bajos – el llamado “Pajeet” – agrava el riesgo. Frente a esto, la ingeniería civil ofrece un refugio regulatorio: las normativas locales, los conocimientos de geotecnia, estructuras o hidráulica son difíciles de deslocalizar. Un ingeniero civil en España necesita conocer el CTE, los Eurocódigos, las normas sismorresistentes particulares, algo que no puede hacer un profesional desde la India. Eso genera un foso que, a corto plazo, protege el empleo.
El desvío hacia sanitarias y FP
Ante la incertidumbre, muchos padres y alumnos están girando hacia carreras sanitarias (medicina, enfermería) o hacia la Formación Profesional. Enfermería, pese a haberse alargado a cuatro años, sigue siendo vista como una opción segura: empleo garantizado, sueldos dignos y posibilidad de opositar. La FP en electricidad, fontanería o programación también gana adeptos: el ejemplo de Karlos Arguiñano, que estudió un módulo de cocina, se utiliza para recordar que el éxito no siempre pasa por una carrera universitaria. La pregunta sobre qué estudiar revela un síntoma de fatiga hacia las ingenierías tradicionales.
Lo más probable es que el mercado laboral de ambas ingenierías se polarice: los mejores ingenieros – en civil o informática – se llevarán primas de superestrella, mientras la base se hunde en empleos precarios o irrelevantes. Elegir hoy sigue siendo una apuesta, no una certeza. Y quizás la decisión más inteligente sea no decidir: formarse en competencias transversales, aprender idiomas y estar dispuesto a moverse.