Google advierte del fin de todo y el personal no se lo cree
Hay una frase que vuelve cada cierto tiempo con la puntualidad de un recibo: «es el fin de todo». La última vez que alguien con poder la pronunció con mayúsculas fue asociada a Google, y el eco llegó hasta un rincón de internet donde la gente lleva décadas desconfiando de los titulares épicos. La advertencia, según quienes la han seguido, apunta a que la inteligencia artificial va a arrasar el empleo tal y como lo conocemos. El problema es que la misma película ya se proyectó con el efecto 2000, con las puntocom y con el metaverso. Y ahí sigue el mundo, con sus fontaneros y sus oficinistas.
Qué dice exactamente la advertencia de Google sobre la IA
El mensaje que ha circulado atribuye a Google una alerta sobre el impacto laboral de la inteligencia artificial. La tesis es que la tecnología no solo optimiza procesos, sino que sustituye al trabajador en tareas que hasta ahora parecían blindadas. La respuesta más repetida entre quienes siguen el asunto es que Google no es un oráculo: es una empresa que vive de la publicidad y de vender la siguiente gran cosa. El ruido, vienen a decir, forma parte del negocio.
La comparación con el efecto 2000 aparece una y otra vez. En 1999 también se anunció el colapso y no pasó absolutamente nada. Quienes usan ese precedente no niegan que la IA cambie cosas; niegan que las cambie al ritmo y con la profundidad que sugiere el titular. La IA es una herramienta, una más, sostienen. Optimiza, sustituye en ciertas tareas y se queda ahí.
La burbuja que se infla: rendimientos esperados frente a reales
El argumento económico de fondo es el de siempre: los rendimientos esperados son mucho mayores de los que en realidad se van a obtener. Esa brecha entre expectativa y resultado es la definición técnica de burbuja, y aquí se aplica sin complejos. Los modelos no dan para más, dicen algunos, y las compañías todavía no han visto un duro. La valorización actual sería imposible de justificar con los números sobre la mesa.
Hay quien le pone fecha: un año o dos como mucho. Y hay quien recuerda que la calidad de los modelos ha bajado en los últimos meses, que Gemini volaba cuando salió con sus TPU y que ahora ni ChatGPT ni el resto impresionan igual. El entusiasmo se enfría por el lado del usuario, no por el del inversor.
Si la IA sustituye al oficinista, ¿quién se queda con el trabajo manual
El escenario más incómodo no es el del ingeniero que pierde el empleo, sino el del efecto dominó. Si millones de trabajadores de oficina salen del mercado, se inundan las profesiones que parecían inmunes. Miles de personas intentando hacer chapuzas, dumping laboral, autónomos jodidos, fontaneros jodidos. Y el Estado, que sin cobrar la mitad del salario de esos trabajadores vería impuestos por las nubes y funcionarios sin cobrar.
La conclusión de ese razonamiento es que todo el mundo estaría en la mierda, también los que se creen a salvo. El cálculo completo, desglosado partida a partida, da una diferencia que sorprende a quien lo lee por primera vez. No es un problema de un sector: es un problema de dónde recolocar a la gente cuando el suelo se mueve.
El precedente sueco: cuando el trauma no fue perder el trabajo
La crisis del año 2000 golpeó con dureza en Suecia. Mucha gente del sector TIC no solo sufrió la pérdida del empleo, sino un trauma casi existencial: decidir qué hacer con tu vida cuando todo se va a tomar por el culo, o cuando crees que se ha ido. Muchos de aquellos abandonaron la tecnología y pasaron a trabajos manuales, hartos del humo, llenos de miedo al futuro y deseosos de ganarse el pan con el sudor de su frente.
Ese es el dato que no aparece en los informes de las consultoras. La IA puede o no destruir empleo neto; lo que ya está haciendo es obligar a mucha gente a replantearse para qué sirve lo que sabe hacer. Y eso, a diferencia de un despido, no se mide en una estadística.
La paradoja: la IA también despotrica de la IA
Hay un detalle que roza lo cómico. Un usuario cuenta que tiene un proyecto en ChatGPT dedicado precisamente a analizar la IA: cómo funciona, sus limitaciones, pruebas para ver cuándo se raya. Y cuando el modelo entra en ese papel, despotrica de la propia IA. Se parte el culo con lo de la AGI. Literal.
No es una prueba de conciencia ni de rebelión de las máquinas. Es una muestra de que el artefacto repite lo que ha leído, y de que lo que ha leído incluye mucho escepticismo. La herramienta no tiene fe en sí misma porque no tiene fe en nada.
Al final, la advertencia de Google sobre el fin de todo se queda en eso: una advertencia. Los que llevan décadas oyendo la misma cantinela ya tienen callo. Los que se incorporan al mercado laboral, no. ¿Y si esta vez el que avisa no fuera el que engaña, sino el que vende?