Bernardos tiene razón en un dato, pero omite el elefante en la habitación
Gonzalo Bernardos, economista y profesor, volvió a la carga con una afirmación que ya es un clásico: los jóvenes no pueden comprar vivienda porque se gastan la pasta en vacaciones, restaurantes y fines de semana. Según sus números, un joven medio desembolsa 3.800 euros anuales en ocio: 2.050 en viajes (tres escapadas de 683 euros) y 1.750 en bares y restaurantes (145 euros al mes). La conclusión implícita es que, si apretaran el cinturón, tendrían la entrada del piso en un plis plas.
El dato parece aplastante, pero conviene meterle un poco de contexto. Porque si el ahorro fuera tan sencillo, la tasa de emancipación juvenil no estaría en mínimos históricos. La cuestión es que el precio de la vivienda corre mucho más rápido que la capacidad de ahorro de un mileurista.
Cifras que no cuadran: el ahorro real frente a la inflación inmobiliaria
Tomemos el caso estándar: un trabajador con 1.300 euros netos al mes que paga 600 euros por una habitación en coliving, 400 en comida y 200 en transporte. El ahorro mensual se reduce a unos 100 euros (1.200 al año). En ese mismo periodo, la entrada de un piso de 300.000 euros se encarece aproximadamente 15.000 euros. Es decir, por cada año que pasa, el aspirante a comprador pierde 13.800 euros de poder adquisitivo respecto al precio de la entrada. Ahorrar no es una escalera, es una cinta de correr que va más rápido que tú.
Quien defiende a Bernardos argumenta que con 1.300 euros no se apunta a un piso de 300.000, sino a uno más barato o en zonas más económicas. Pero incluso en ciudades medias, los precios se han disparado. Y la opción de emigrar a la España vaciada choca con la realidad laboral: los empleos cualificados se concentran en las grandes urbes y zonas turísticas. No es cuestión de capricho, sino de oferta de trabajo.
El discurso de la responsabilidad individual frente al problema estructural
Hay un sector que sostiene que renunciar a viajes y restaurantes liberaría suficiente dinero para la entrada en pocos años. Su razonamiento es que, si una pareja ahorra los 3.800 euros por persona durante diez años, suman 76.000 euros, más otros ahorros, podrían reunir 88.000 euros para la entrada. El problema es que esa cuenta ignora la inflación, el alquiler que se paga mientras tanto y la imposibilidad de mantener un empleo estable durante una década sin gastos imprevistos.
La postura mayoritaria, sin embargo, señala que el núcleo del problema es estructural: salarios estancados, precios disparados por la demanda externa y la especulación, falta de suelo público, y un parque de vivienda social residual. Convertir la crisis en un problema de autocontrol individual tiene una función política: descargar al Estado y a los agentes económicos de su responsabilidad.
¿Hacia dónde vamos?
Mientras el precio de la vivienda siga subiendo al 20% anual y los salarios al 1%, la ecuación es imposible. La predicción es que la brecha no se cerrará con sacrificios individuales, sino con cambios en la política de suelo, el control de la inversión institucional y una fiscalidad más favorable para la primera vivienda. Hasta entonces, los jóvenes harán bien en no renunciar a su ocio: la entrada se aleja igual, y al menos habrán vivido algo.