Un país que importa 300.000 trabajadores para sostener a sus mayores
La teoría de la gerontocracia tiene una versión económica cruda: las sociedades envejecidas importan forasteros adultos para pagar las pensiones de quienes no tuvieron descendientes. No es una conspiración, es un mecanismo con nombre propio. En España, las pensiones se llevan la parte del león del presupuesto y los jóvenes recogen las migajas del ERTE. El envejecimiento no es exclusivo: hasta China lo sufre.
La alternativa incómoda a la natalidad
Traer forasteros ya crecidos resulta más rápido y barato que fomentar la natalidad autóctona. Quienes defienden el relevo migratorio ven ahí la única vía para sostener el sistema. Pero el coste aparece en otra factura: competencia por el empleo, presión sobre servicios públicos y vivienda. El gobierno, se argumenta, se acostumbra a la inmi gración y abandona los planes de natalidad porque no dan rentabilidad a corto plazo. La consecuencia es doble: se abarata el factor trabajo y se encarece el alquiler.
La factura electoral de la gerontocracia
El poder sigue a las urnas. Los mayores de 65 votan; los menores de 30 ni siquiera se empadronan. El resultado es un sistema que cuida a quien vota y desatiende a quien aún no tiene voz. La gerontocracia no es un relato: es aritmética electoral. Y la paradoja final: un país dispuesto a importar 300.000 personas al año para cuidar a sus mayores, pero incapaz de convencer a sus jóvenes de que se queden, voten y tengan descendientes.