Gaudí, la marca y el país que se desmorona
El genio de Reus levantó una de las obras más singulares del planeta. Ahora, su legado se ha convertido en el reclamo turístico de una Barcelona que algunos ven en decadencia económica y otros en transformación hacia un modelo low cost. El debate no es estético: es de fondo.
La Sagrada Familia, eternamente inacabada, es el símbolo de una economía que vive del cuento. Como apunta un análisis recurrente, la ciudad que supo ser capital industrial y modernista sobrevive de rentas: turismo de bajo valor añadido, especulación inmobiliaria y una clase política que ha dejado de invertir en lo que importa. La obra de Gaudí, que en su día fue financiada por la burguesía ilustrada, es hoy un souvenir para selfies.
¿Qué fue del mecenazgo culto de la época dorada? Los datos cantan: el dinero que movía el modernismo catalán venía de una oligarquía industrial con visión de largo plazo. Ahora, el capital se va a fondos buitre y la inversión pública brilla por su ausencia. Mientras, el independentismo –que algunos intentan colar como legado gaudiniano– añade un riesgo político que ahuyenta a los inversores serios.
El resultado: una ciudad que, como la Sagrada Familia, nunca se termina de construir. Y al ritmo actual, corre el riesgo de convertirse en una ruina de lujo para turistas.
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