La fiebre del gasto preventivo ante una inflación que no da tregua
¿Gastarse los ahorros de golpe o esperar a que el dinero se derrita? La pregunta ya no es teórica. En las últimas dos semanas, según los rastreadores de precios, una cesta de productos de Amazon y Leroy Merlin ha subido un 10% de media. Y lo que viene en octubre, con la subida del IVA en la hostelería, apunta a otra vuelta de tuerca para el supermercado. En este escenario, la consigna que gana adeptos es simple: gastar ya.
Los hay que llevan la estrategia al extremo: gastarse todo en caprichos, comprar bienes que se pagarán en 2030 (como quien planta árboles antes de que la tierra suba) o apalancarse hasta las cejas. La lógica es demoledora: si en un año los precios acumulan un 30%, la deuda se desvanece con el mismo ritmo al que pierde valor el dinero. Hasta los bonos del Estado quedan en ridículo frente a la inflación real, salvo que se acepte riesgo alto y se acierte.
La postura contraria también tiene argumentos: algunos precios han bajado, y el derroche preventivo tiene pinta de excusa para el consumo compulsivo. Otros recuerdan que mantener dinero en el banco puede ser legal pero no siempre seguro, y recomiendan no tener más del mínimo necesario en la cuenta. Entre el miedo a la devaluación y la tentación del gasto, el ahorrador español se enfrenta a un dilema clásico: si todo se encarece, quien espera pierde; si todo revienta, quien gastó también.
Convertir los ahorros en un terreno o en una tele no es una solución, pero al menos, cuando la inflación pase factura, el comprador podrá consolarse diciendo que él ya hizo su parte por reactivar el consumo.