Gasolina a 2 €: la mitad es impuestos y la otra mitad se decide en Ormuz
Llenar un depósito de 50 litros cuesta hoy 100 euros. Es la factura más repetida de la semana para millones de conductores en pleno 2026 y, a la vez, la peor entendida. De esos 2 euros por litro, casi la mitad no es combustible: es carga fiscal. Y del resto, buena parte no depende del Gobierno de turno ni del humor de ningún presidente extranjero, sino del precio del crudo y de un estrecho por el que circula una porción decisiva del petróleo mundial. El pulso entre ambas explicaciones —impuestos contra geopresiones— lleva días sin que ninguna de las dos partes termine de ceder.
De cada litro de 2 €, ¿cuánto es realmente impuesto?
El desglose es tozudo con el relato más cómodo. El precio de fábrica del combustible, tal y como sale del tubo de la refinería, ronda los 60 céntimos por litro; el margen bruto de refino se queda en unos 0,08 céntimos, cifra que desmonta la idea de que la petrolera se esté forrando en origen. En el otro extremo del surtidor, el Estado se queda alrededor de 100 céntimos por litro más el IVA correspondiente, mientras la estación de servicio apenas araña 14 céntimos de margen comercial. Casi el 50% del precio final son impuestos, y ese porcentaje crece con cada subida del crudo porque el IVA se aplica sobre una base mayor.
La consecuencia práctica incomoda a las dos trincheras: eliminar el impuesto especial rebajaría el litro de golpe, pero bajar solo diez céntimos de una cantidad fija —como se ha hecho otras veces— es cosmética, porque el componente porcentual se come el alivio en cuanto el barril sube.
La guerra, el Brent y por qué se mira a Washington
Hay un segundo culpable con nombre propio. La escalada en Oriente Próximo y la tensión en el estrecho de Ormuz han empujado el Brent por encima de los 100 dólares, y de ahí al surtidor hay una tubería directa. El dato que mejor mide el golpe no está en Europa: en Estados Unidos el diésel acaba de superar los 6,2 dólares por galón y el litro de gasolina se paga a 1,19 dólares, unos 1,03 euros. Es una cifra un 30% superior a la que había antes de la aventura iraní, y sirve para recordar que ni el mayor productor de crudo del planeta se libra de su propia política exterior.
Que Washington produzca petróleo y lo venda caro no lo convierte en aliado de nadie. Un importador neto como España, con un consumo que se quiere desincentivar y sin palancas sobre el crudo, solo puede encajar el golpe vía precio o vía impuesto.
El gas ruso que ya no llega y el invierno de 2027
A la foto le falta una pieza: el suministro. Sin el gas ruso y con las refinerías operando con estrecheces tras años de vaivenes, el colchón que antes amortiguaba cada crisis energética se ha adelgazado. El calendario que manejan los más pesimistas no apunta a este otoño, sino a principios de 2027, cuando se prevé que el recorte del gasóleo de origen ruso —en torno a un 10% del total— deje de ser una anécdota y se note en la factura.
El coche eléctrico tampoco sale gratis
El mantra de que enchufar el coche en casa es la solución se topa con su propio recibo. La instalación de placas y puntos de carga tiene su fiscalidad, y quien ya ha hecho la mudanza avisa de que los gastos de amortización y devaluación pueden comerse el ahorro en cuanto aparece una avería fuera de garantía. Para quien vive en un pueblo sin autobús de línea, además, la alternativa sencillamente no existe. Y los combustibles de segunda —el gasóleo agrícola o el de calefacción— están formulados para destrozar el motor si alguien intenta usarlos en un turismo.
Diez céntimos, etiquetas y otras formas de no responder
Conviene decirlo: buena parte del análisis ha derivado en descalificaciones mutuas, etiquetas que mezclan clase social y adscripción política y que no aportan ni un céntimo al desglose. Es la vieja maniobra de marcar al adversario en lugar de mirar la hoja de cálculo. Las posiciones de fondo, mientras tanto, siguen siendo tres: quien culpa en exclusiva al crudo y a la guerra, quien señala al margen fiscal del Estado y quien sostiene que ambas cosas se suman y se refuerzan.
El dato que descoloca no está en el surtidor, sino en las cuentas públicas: por el impuesto especial de hidrocarburos, el Estado recauda entre 8 y 12 veces lo que invierte en las infraestructuras que usan esos mismos coches. Con esa aritmética, el precio del litro no depende tanto del humor de un presidente concreto como de una caja que no tiene ninguna prisa en bajarlo.