Rufián culpa a Aznar de que los jóvenes trabajasen: la ironía de un político que nunca dobló el lomo
El fruta de ERC Gabriel Rufián ha vuelto a la polémica con una frase en redes sociales: “por culpa de Aznar toda una generación de jóvenes españoles se puso a trabajar”. La declaración, que rápidamente se viralizó, ha reabierto el debate sobre el modelo económico de los años 2000, la burbuja inmobiliaria y la relación de cierta izquierda con el trabajo manual.
Lo curioso no es lo que dice, sino quién lo dice. Rufián, que ha construido su carrera política sin haber pasado por una obra ni por un oficio manual –su experiencia laboral más conocida fue en una tienda de ropa, de la que fue despedido según una información de Economía Digital por hacer política en horario laboral–, se queja de que una generación “se pusiera a trabajar” en la construcción durante la era Aznar. La contradicción es tan evidente que hasta sus propios votantes deben hacer un esfuerzo para no soltar una carcajada.
El mito de la generación que trabajó “por culpa” de Aznar
Durante el gobierno de José María Aznar (1996-2004), España vivió un auge de la construcción sin precedentes. El PIB crecía, el paro bajaba y miles de jóvenes sin formación superior encontraban trabajo en el sector. Según algunos testimonios de la época, un peón de obra podía ganar hasta 3.000 euros al mes a destajo, dinero que muchos gastaban en coches, fiestas y “chonis”, como se recordaba con cierta nostalgia. Pero ese modelo, basado en la burbuja inmobiliaria, era insostenible. Cuando explotó, aquellos trabajadores se quedaron sin empleo y sin ahorros, y el país pagó las consecuencias.
Quienes defienden aquella etapa destacan que permitió a muchos comprar vivienda y sentirse parte de la clase media. Por ejemplo, se menciona que un piso que en 1999 costaba 100.000 euros, en 2003 ya se vendía por 180.000. Quienes la critican señalan que era una economía de casino, que Aznar vendió empresas públicas y que la burbuja la heredó Zapatero, quien la mantuvo hasta que reventó. Da igual quién tenga la razón: el punto es que Rufián, al calificar aquel trabajo como algo negativo, demuestra una desconexión brutal con la realidad de quienes no tuvieron otra opción.
La hipocresía del discurso: trabajar es malo, pero vivir del BOE es bueno
El discurso de Rufián encaja en una corriente que desprecia el trabajo manual y ensalza la función pública o el “trabajo digno” –que, casualmente, suele ser una plaza de funcionario o un cargo político. En la misma línea, se critica que a los jóvenes se les pida trabajar en la obra mientras se importan forasteros para cubrir esos puestos: si trabajar es malo, ¿por qué los forasteros sí deben hacerlo? La respuesta es incómoda: porque para la izquierda identitaria, ciertos trabajos son indignos para el españolito de a pie, pero perfectos para el recién llegado.
Mientras tanto, el propio Rufián percibe un sueldo público de más de 100.000 euros anuales sin haber cotizado jamás un ladrillo. La ironía se sostiene sola. Una generación entera se puso a trabajar, sí, pero él nunca fue parte de ella. Y encima se atreve a juzgarla.
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