Dos maestras con plaza: décadas de rutina por delante
Dos chicas celebran de blanco la plaza de funcionarias que acaban de sacar. Una de ellas lo cuenta así: «A veces me despierto en mitad de la noche pensando que no es real». La estampa enternece hasta que alguien echa la cuenta: quedan por delante, según un cálculo que circula, unos
38 años de trabajo, que en jornadas son 9.120 días que darán igual si caen en lunes o en miércoles. Y el contexto asturiano, lejos de endurecer la gesta, la abarata: hay quien sostiene que en el Principado
hay más vacantes que aspirantes jóvenes. De ahí la euforia, y sobre todo el cabreo ajeno.
¿Cuánto cuesta mantener una funcionaria durante 60 años?
El enfado tiene frase bandera: «a estas chicas hay que mantenerlas los próximos 60 años como mínimo». Detrás hay un hecho incontestable. La plaza no se pierde: se sale, si se agota el reenganche, a los 67. En medio, un sueldo fijo que, según varios comentarios, rinde muy por encima de la media del sector privado de la región. Quien defiende el sistema alega que el Estado necesita docentes y que el salario no es ninguna bicoca. Quien lo ataca responde que el problema no es el sueldo, sino de dónde sale: de un tercio de la población que trabaja en el privado mientras los otros dos tercios viven de la nómina pública, la pensión o la ayuda. La proporción nadie la demuestra. Marca el tono de todo.
El peso del empleo público en Asturias
El Principado concentra buena parte del debate. El resumen que circula es tajante: hay más vacantes que gente joven. No es un fenómeno exclusivo de Asturias, pero allí se nota más porque, según se sostiene, el
empleo público pesa mucho en la economía regional. Una estimación que se lanza sin fuente cifra en un 75% la población que depende del Estado, entre funcionarios, pensionistas y perceptores de ayudas. El número es discutible. La sensación, no.
El caso de Madrid: 1.500 plazas de inglés en un solo año
Para desmontar el mérito hay un ejemplo recurrente. La Comunidad de Madrid convocó en un solo ejercicio alrededor de 1.500 plazas de inglés, después de lustros sacando dos plazas mal contadas y de años incluso con cero. Ese año, según el relato que se repite, cogió plaza casi todo el que alcanzó la nota mínima para aprobar. Al curso siguiente la puerta se cerró otra vez: vuelta a las dos plazas, o a ninguna, y a opositar solo para entrar en bolsa. La conclusión que extraen algunos es incómoda: la plaza no premia al más listo, sino al que estaba en el sitio adecuado en el momento adecuado.
La suerte también oposita.¿A qué edad se jubilan los funcionarios que entraron antes de 2011?
La respuesta corta es 60 años, y eso cabrea aún más. Quien accedió a la función pública antes de 2011 y acumula 30 años de servicio puede retirarse a los 60. El régimen no alcanza a los estatutarios ni al personal laboral, que se jubilan como el resto de los mortales, pero basta para alimentar el agravio de quienes arrastran cotizaciones en el privado. La generación de estas dos maestras no lo verá: van camino de los 67, con la puerta abierta a prolongar un par de años más si el cuerpo aguanta. Un escalón invisible separa a dos cohortes de empleados públicos que hacen exactamente el mismo trabajo.
Opositar no es gratis: la brecha de quien tiene la nevera llena
Aquí se rompe la idea de que todo es voluntad. Las oposiciones se sacan a base de memorizar durante horas al día, meses o años, sin cobrar un euro. Eso exige una nevera llena y un alquiler que pague otro. Hay quien se costeó el estudio con cinco cifras ahorradas en el sector privado y un subsidio de desempleo de fondo, y sacó la plaza en seis meses. También hay quien sostiene, sin matices, que sin un entorno familiar que sostenga es imposible aprobar y que
el mérito individual es en buena parte un cuento. Enfrente está el caso contrario: quien logró la plaza a los 64 años, tras cuatro décadas de interino. O el recordatorio de que Einstein trabajaba de funcionario gris cuando revolucionó la física. El talento no se reparte solo entre los que tienen el piso pagado.
La seguridad, o la ficción más cara
Falta el reverso amargo. Con la plaza llega la estabilidad, pero también la sospecha de haber vendido el alma por un horario fijo. Se habla de funcionarios instalados en una realidad paralela e insatisfecha, incapaces de reconocerlo hasta que la jornada se vuelve rutina y los compañeros, tóxicos. Hay quien sostiene que diez años bastan para perder la capacidad de sobrevivir fuera. Y hay una frase que resume el problema entero: la que un interno dirige a un funcionario de prisiones. «Nosotros siempre tenemos una fecha de salida.» Ellas, según ese cálculo, acaban de firmar 9.120 días sin fecha de salida a la vista.