'Fuera italianos' en Fuerteventura: el imán fiscal de Canarias
Una pintada anónima en un muro de Fuerteventura ha provocado un terremoto en Italia. El mensaje, “Fuera italianos”, ha sido respondido por Soumaila Diawara, escritor y referente mediático, con una defensa cerrada de la comunidad italiana: “Cuando nace un prejuicio, no solo afecta a los equivocados: termina involucrando a toda una comunidad”. Pero la polémica no es solo un episodio de intolerancia. Detrás hay un fenómeno migratorio con una lógica económica tan fría como los 20 grados que marcan los termómetros canarios en enero.
El italiano medio no viene por el encanto, sino por el diferencial fiscal
Los números son tozudos, y en esta ocasión no favorecen al relato romántico. El IGIC canario, al 7%, deja al IVA italiano, al 22%, como un impuesto de lujo. La cesta de la compra, la calefacción, el coste de la vivienda: todo aprieta en Milán o Roma y se estira en Las Palmas. Con el teletrabajo de por medio, cualquier profesional italiano hace arbitraje entre el sueldo que cobra y el gasto que afronta. El resultado es que Canarias, y particularmente Fuerteventura, se ha convertido en un paraíso fiscal accidental para una migración cualificada que no huye de nada, sino que aprovecha una oportunidad.
Fuerteventura ya no es de quien la habita
La isla ha pasado de 27.000 habitantes en 1981 a 131.000 en la actualidad. El majorero nativo, que nunca se quejó de casi nada, se ha quedado en minoría en su propio territorio. En la hostelería, los italianos son un pilar visible: cocineros, camareros, pequeños empresarios. Hay quien ve en esta colonización silenciosa una bendición demográfica; otros, una invasión que expulsa al autóctono de la vivienda y del mercado laboral. Ambas lecturas coexisten, y la pintada ha servido para que aflore lo que el turismo de masas mantenía debajo de la alfombra.
El escándalo como espejo de las contradicciones italianas
En Italia, el eco ha sido inmediato. La prensa ha convertido el graffiti en asunto de estado, mientras algunos analistas señalan la hipocresía: nadie se escandaliza cuando se pide echar a otros colectivos. No falta quien lo reduce a una provocación calculada para alimentar la crispación, en un siglo que ha convertido las farsas en contenido viral. Pero hay un detalle incómodo: los gobiernos italianos no solo no frenan la salida de sus ciudadanos, sino que en el caso de los mayores de 55 años parece una estrategia de desactivación demográfica. Exportar jubilados a España, donde el clima y el coste de vida los hacen más llevaderos, alivia la presión sobre un país que envejece a toda velocidad.
La anécdota, sin embargo, es reveladora: en Milán, una espremuta d'arancia fuera del centro cuesta un euro; en Canarias, el mismo café y 20 grados en enero. El arbitraje es también vital. Y en el juego de los apodos, si a los peninsulares nos llaman “godos”, a los italianos se les podría llamar “etruscos”. Una boutade que ilustra hasta qué punto la relación hispano-italiana es un asunto de hermanos incómodos.
La pintada es cutre, pero el fenómeno es real. Mientras el diferencial fiscal se mantenga, los italianos seguirán llegando. Y con ellos, las tensiones. Este graffiti no es la causa; es el síntoma de una isla que ya no se pertenece a sí misma.