523 años sin un papa español: el precio de no tener una Iglesia nacional
Hace más de cinco siglos que ningún pontífice nace en España. Un dato que sirve de aperitivo para un debate recurrente: ¿debía Franco haber creado una Iglesia española independiente tras el Concilio Vaticano II? La pregunta, que parece teológica, tiene consecuencias económicas y políticas que algunos analizan con crudeza.
El precedente histórico que no cuajó
La idea no es nueva. Enrique VIII lo hizo en Inglaterra, y el Imperio español tuvo sus propios roces con Roma. Carlos V mandó ejecutar a un obispo sin permiso papal, sufrió una excomunión temporal, y sus tropas saquearon Roma en 1527. Carlos III expulsó a los jesuitas en 1767. En todos los casos, la corona reafirmó su poder frente al Vaticano, pero nunca dio el paso del cisma formal.
Tras el Vaticano II, que muchos vieron como una concesión a la izquierda, sectores del nacionalcatolicismo consideraron que Franco debería haber establecido un patriarcado de rito mozárabe con sede en Toledo. La opción del Opus Dei, la organización laical que ganó peso en el régimen, se presenta como un sucedáneo de control.
El coste económico de la fidelidad romana
La dependencia de Roma tiene efectos tangibles. La Iglesia católica en España gestiona un patrimonio inmenso y recibe financiación estatal directa e indirecta. Con una iglesia nacional, los recursos se quedarían en el país y la jerarquía respondería ante el Estado, no ante la Santa Sede. Quienes defienden la separación apuntan a que el dinero de los contribuyentes podría destinarse a fines más productivos.
Por otro lado, los críticos señalan que una iglesia nacional habría quedado completamente subordinada al poder político, repitiendo el modelo del cesaropapismo que ya practicaron los monarcas absolutos. Además, habría supuesto una ruptura con la comunidad católica internacional y un aislamiento cultural.
El presente: de Argüello a Paracuellos
Las referencias al actual arzobispo de Madrid, acusado por algunos de progresista, y los paralelismos con la figura histórica del obispo Oppas (que según la tradición facilitó la invasión musulmana) muestran que el debate no es puramente histórico. Hay quien sostiene que la Iglesia actual sigue lastrando el desarrollo de España, y la solución pasaría por una ruptura definitiva.
El Palmar de Troya, la secta cismática fundada en los años 70, se menciona como ejemplo de lo que no debe hacerse: una iglesia paralela sin arraigo ni coherencia. La opción de un patriarcado nacional con rito mozárabe, en cambio, tendría raíces históricas y litúrgicas sólidas.
Con la inmigración y la crisis de vivienda como telón de fondo, algunos vinculan la posición de la jerarquía eclesiástica con la permisividad ante la inmigración ilegal, que presiona los alquileres. En ese contexto, la idea de una Iglesia desligada de Roma gana adeptos.
El debate sigue abierto. Por ahora, España acumula 523 años sin un papa propio y la jerarquía sigue mirando a Roma. Queda la sensación de que una oportunidad histórica se dejó pasar, y el coste no fue solo espiritual.
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