La foto de Ketty Garat: el pasado que no cuaja con su presente
Una fotografía puede más que mil análisis. En el caso de la periodista Ketty Garat, la instantánea que circula etiquetada como “tiempos chortinescos” ha reabierto una guerra de narrativas sobre su origen, su familia y su reciente fichaje por ABC. La imagen la muestra en su juventud junto a un grupo identificado por muchos como “borjamaris”, el estereotipo del joven de clase alta que frecuenta los círculos de la derecha acomodada. Y ahí empiezan las lecturas enfrentadas.
Un linaje de uniforme y mando
Lo que añade contexto a esa foto es el perfil que la propia Garat ha desvelado en una entrevista con Soto Ivars. Es tataranieta de militares, sus hermanas están casadas con militares y su padre tiene 68 años. Más aún: un tío carnal suyo participó en la reconquista de la isla de Perejil, uno de esos episodios que España prefiere olvidar. De familia de la Armada en Ferrol, no se la esperaba precisamente en los astilleros, como se ha señalado con cierta ironía. El uniforme, vaya, no es un disfraz improvisado.
Ese origen militar convive mal con la imagen de “borjamari” que sugiere la foto. Por eso la discusión se ha polarizado en dos bandos. Hay quien la ve como una heroína que hace años denunciaba lo que estaba pasando y fue insultada y silenciada. Hay quien la acusa de vivir de la política y de defender el mismo sistema que dice combatir, con una foto en la mano para sostenerlo.
El fichaje por ABC y la batalla por el relato
La incorporación de Garat al diario ABC ha coincidido con la viralización de la imagen, y eso no es casual. Para sus defensores, el diario le da un altavoz necesario; para sus críticos, es un movimiento de blanqueo de alguien que siempre estuvo en el lado equivocado. La foto añade un argumento a los que sospechan que su pasado encaja mejor con las élites que con los que dicen defenderla.
Un apellido que también da guerra
Como curiosidad, el propio apellido invita a una digresión. Garat es la versión afrancesada del vascuence Gárate, que significa “paso elevado”. En Bilbao, desde 1980, se rinde homenaje a un personaje histórico con ese apellido, un francés masón partidario de la ocupación napoleónica que llegó a proponer la anexión de las provincias vascas a Francia. Pío Baroja no lo tenía en gran estima. La persistencia de grafías afrancesadas en apellidos vascos sigue alimentando debates identitarios que nada tienen que ver con la foto, pero que completan el retrato.
¿Puede una imagen de juventud tumbar una trayectoria de denuncia? Los datos no lo confirman. Pero en un clima de polarización, la foto ya ha hecho su trabajo: obligar a todos a colocarse.