El bable: ¿lengua o subvención con denominación de origen?
¿Cuánta llingua cabe en un plan normativo? La pregunta recorre Asturias cada vez que la oficialidad del bable vuelve a la actualidad. Hay quien sostiene que la lengua vive en el chigre, en las palabras de la güela y en los nombres de los pueblos, y que de ahí a un chiringuito institucional va un trecho que solo se recorre con dinero público.
Del chigre al reglamento
El símil de la sidra se ha convertido en resumen perfecto: al natural, sale del llagar y gana; envasada en discurso identitario y subvención, pierde. La expresión «PLUS d’aldea» define a la perfección lo que muchos ven: identidad de boquilla y, a la hora de la verdad, el que más alto habla es el que llega a cobrar. Los planes normativos, los formularios bilingües y las plazas reservadas para hablantes se leen como maquinaria clientelar que fabrica votos con dinero de todos.
Subvención o patrimonio
La pregunta de si el bable sirve para algo más que ordeñar vacas suena grosera, pero condensa una corriente de escepticismo: la normalización se ha convertido en un fin en sí mismo, desligado del uso real. Enfrente queda la visión de quienes consideran la llingua un patrimonio que merece protección institucional, aunque llegue con reglamentos y chiringuitos.
La anécdota de una inteligencia artificial respondiendo en bable ha hecho las delicias de los escépticos: hasta una máquina se atreve con la lengua, pero los discursos oficiales siguen sonando a traducción automática.
Mientras tanto, el bable de la güela sigue sonando en el chigre, ajeno a planes y subvenciones. Y el que quiere llevarlo al parlamento haría bien en recordar de dónde sale la sidra antes de cobrarse la ronda.